La boda de Carlos V en Sevilla (1526): Escenario del poder, dinero portugués y una pasión inesperada (I)
Andrés Nadal
I. Sevilla, 1526: la ciudad que era un mundo
Hay ciudades que, en ciertos momentos de la historia, concentran en sí mismas el pulso de una época entera. Sevilla, en la primavera de 1526, era una de ellas. Desde la instauración de la Casa de la Contratación en 1503, la capital andaluza detentaba el monopolio del comercio con las Indias Occidentales, lo que la había convertido en el primer puerto marítimo de España y de Europa. Sus muelles palpitaban con el trasiego de naves trasatlánticas que descargaban plata, cueros, palos de tinte y toda la promesa de un continente recién descubierto; sus calles hervían de mercaderes florentinos, banqueros genoveses, conversos enriquecidos y marineros de media Europa. El Guadalquivir, nervio de este prodigio comercial, era a la vez el camino hacia el cielo y el vínculo con el abismo del Atlántico. Las inmensas riquezas americanas que desembarcaban en sus muelles atrajeron a individuos de toda la Península y del resto del continente, generando un clima de auténtica fiebre económica e impulsando una revolución demográfica que duplicaría su población en apenas medio siglo. Los propios contemporáneos la llamaban caput Hispaniae, caput imperii —cabeza de España, cabeza del Imperio—, describiéndola a menudo como un «mundo abreviado».
La sociedad sevillana de la época se caracterizaba por un marcado cosmopolitismo y una enorme heterogeneidad. Por un lado, contaba con una rica e influyente colonia de mercaderes extranjeros, especialmente genoveses, alemanes, flamencos y portugueses, íntimamente ligados a las altas finanzas y al comercio internacional. Por otro lado, la ciudad albergaba a una población esclava muy numerosa y visible, compuesta por individuos de origen negro y morisco, que realizaban la mayor parte de los trabajos manuales y dotaban a las calles de un ambiente extraordinariamente diverso y exótico. Esta urbe actuaba como un poderoso imán tanto para quienes buscaban hacer fortuna o participar en la Carrera de Indias, como para cientos de campesinos sin tierras y marginados que acudían buscando el sustento o el asilo. A nivel político y social, la ciudad estaba férreamente controlada por grandes linajes aristocráticos históricos, como las casas de Medina Sidonia y Arcos, quienes, aliados con la élite mercantil y los nuevos nobles, habían asegurado la total lealtad de la urbe a la Corona durante el reciente y peligroso conflicto de las Comunidades, lo que convertía a Sevilla en un escenario político idóneo y pacificado para acoger la gran boda del Emperador.
El entramado urbano reflejaba el profundo contraste entre su herencia islámica y la nueva opulencia de corte renacentista. Si bien los sevillanos habían mantenido durante siglos la concepción arquitectónica musulmana de volcar la atención y el lujo en los interiores dejando el exterior sobrio, el nuevo flujo de riquezas impulsó de pronto una ostentación externa mediante la construcción de fachadas ricamente ornamentadas y grandes rejerías. Al mismo tiempo, para absorber el fulgurante crecimiento poblacional, se propició la rápida edificación de viviendas múltiples, conocidas como casas de vecindad, destinadas a hacinar a la masa trabajadora en los barrios periféricos como Triana o San Vicente.
El centro neurálgico de la urbe era un perpetuo hervidero de actividad mercantil, financiera y artesanal. Espacios centrales como la Plaza de San Francisco funcionaban como un abigarrado y popular mercado de abastos donde se instalaban libremente puestos exentos de frutas, hortalizas, pan y tablas de carnicería, configurando un entorno de gran ajetreo que muy pronto sería objeto de una profunda renovación cívica e institucional. Las gradas de la Catedral y el adyacente Patio de los Naranjos, al que se accedía por la recién reformada Puerta del Perdón (cuyas obras habían concluido apenas cuatro años antes), no solo representaban el corazón espiritual de la metrópoli, sino que ejercían como el refugio habitual donde los grandes agentes de la banca internacional y los tratantes mercantiles cerraban sus transacciones resguardados de las inclemencias del tiempo. El ambiente callejero general era sumamente ruidoso y vibrante, dominado por el repiqueteo incesante de los artesanos en sus talleres, la aglomeración de oficios agrupados por calles desde la época medieval, y los fuertes olores emanados de las tenerías y la manufactura de cueros y cordobanes, que los propios operarios intentaban mitigar colgando manojos de hierbabuena en sus puestos de trabajo.
A esta ciudad llegó, en los primeros días de marzo de 1526, la noticia de que el emperador Carlos I de España y V de Alemania contraería matrimonio en ella. Tenía veintiséis años. Hacía apenas doce meses que sus ejércitos habían hecho prisionero al rey más poderoso de Europa, Francisco I de Francia, en los campos de Pavía.

Tenía en sus manos el mundo conocido y los contornos del desconocido. Y, sin embargo, un joven que nunca había visto a su prometida llegaba a esa ciudad de deslumbrante riqueza sin saber que la operación que sus diplomáticos habían trazado con fría geometría política estaba a punto de convertirse en algo que ni él ni nadie esperaba: un matrimonio profundamente enamorado.
Esta es la historia de cómo Sevilla se convirtió en el escenario de uno de los actos más calculados y, al mismo tiempo, más sinceramente humanos de toda la historia de la monarquía europea.
II. La fría aritmética del amor: por qué este matrimonio

El enlace entre Carlos V e Isabel de Portugal fue, en su génesis, una operación de Estado de una frialdad matemática perfecta. El Emperador no había mostrado interés personal previo ni conocía a la infanta. Dos imperativos irresistibles lo empujaban hacia el matrimonio lusitano, y ninguno de ellos tenía que ver con el corazón.
El primero era financiero. Carlos estaba ahogado. Sus interminables guerras en Italia y el coste de su coronación imperial habían vaciado el tesoro de Castilla hasta el fondo. Los embajadores más perspicaces de la época, como el polaco Juan Dantisco, lo escribieron sin ambages: «Nunca vi tan pobre la corte como ahora. El Emperador sufre la penuria hasta el extremo». En 1525, cuando sus diplomáticos barajaban candidatas para el matrimonio imperial, el principal criterio de selección no era la alcurnia ni la hermosura sino la liquidez. El Emperador estaba comprometido con su prima María Tudor, hija de Enrique VIII de Inglaterra, pero rompió este acuerdo utilizando como pretexto la negativa inglesa a adelantarle 400.000 ducados de la futura dote. Dicho de otra manera: rompió el compromiso con la pequeña María porque no tenía dinero contante. Y la monarquía lusitana, la más rica de la Cristiandad gracias a sus factorías en Guinea, sus rutas de las especias por el cabo de Buena Esperanza y su Estado da Índia, era la única casa real de Europa capaz de poner sobre la mesa la suma que Carlos necesitaba.
El segundo imperativo era político. La Guerra de las Comunidades (1520-1521), la más grave insurrección que había sufrido Castilla desde hacía décadas, había brotado en buena medida del rechazo a un rey extranjero que no hablaba castellano, rodeado de consejeros flamencos que saqueaban cargos y rentas. La herida estaba lejos de cicatrizar. Las Cortes reunidas en Toledo en 1525, cinco años después de los ahorcamientos de Villalar, siguieron suplicando al monarca que se casara con una infanta peninsular, que dejara en España una regente digna y familiar cuando sus obligaciones europeas lo arrastraran al otro lado de los Alpes. Isabel de Portugal reunía todas las condiciones imaginables: era nieta de los Reyes Católicos por vía materna, hablaba un castellano impecable —su madre, la infanta española María de Aragón, se había ocupado de ello—, y sus contemporáneos le atribuían exactamente la gravedad, la prudencia y la devoción que recordaban a su ilustre abuela.
Las capitulaciones matrimoniales se firmaron en octubre de 1525. Juan III de Portugal dotó a su hermana con 900.000 doblas de oro castellanas, una cifra tan descomunal que los cronistas de la época no supieron sino exclamar que «nunca mujer que no fuese heredera trajo tanto en casamiento a su marido». La realidad contable, sin embargo, fue más compleja. De esas 900.000 doblas se descontaron automáticamente más de 216.000 correspondientes a deudas que Carlos mantenía con Portugal: lo que restaba por pagar de la dote de su hermana Catalina, casada con Juan III, y un préstamo de 50.000 cruzados que el difunto rey Manuel I había concedido a Castilla durante la revuelta comunera. Otros 80.000 ducados se entregaron en Sevilla no en metálico sino en joyas y platería, que tuvieron que ser tasadas por peritos reales. El resto quedó comprometido en plazos distribuidos en las ferias de Medina del Campo, Villalón y Flandes. Como contrapartida, el Emperador se comprometió a entregar 300.000 doblas en concepto de arras y 50.000 adicionales para el mantenimiento de la casa de la emperatriz; como carecía de fondos, hipotecó las rentas de Úbeda, Baeza y Andújar, y destinó a este fin el almojarifazgo de Sevilla.
La dote no era el tesoro líquido que la historiografía popular imagina. Era, en buena medida, una ingeniosa operación contable entre dos cortes que se necesitaban mutuamente. Pero, aun así, el flujo financiero que desencadenó fue el motor que permitió a Carlos V financiar su campaña italiana, sufragar el costosísimo viaje a Bolonia para recibir la corona imperial de manos del Papa, y sostener ejércitos en Nápoles, Milán y frente al turco.
III. Isabel viaja hacia un desconocido

La infanta Isabel de Portugal, que cumpliría veintitrés años en octubre, partió de Almeirim en el invierno de 1525. La comitiva que la acompañaba era una demostración visual del esplendor de la Casa de Avís. El rey Juan III y su esposa, la reina Catalina —hermana del propio Carlos V, dato que hacía el enlace doblemente endogámico—, la acompañaron personalmente hasta la frontera, delegando después la escolta en los infantes don Luis y don Fernando, hermanos de la novia, y en el fastuoso séquito del marqués de Villarreal. Solo este último aportaba cuarenta acémilas de recámara cubiertas con reposteros de terciopelo carmesí y tela de oro, veinticuatro alabarderos y veinticuatro mozos de cámara a caballo.
Isabel viajó en una litera cubierta de brocado de tres altos forrada en raso carmesí, tirada por caballos con guarniciones a juego, escoltada por pajes y lacayos también vestidos de brocado y grana. La comitiva atravesó Portugal con la lentitud propia de una procesión triunfal y llegó a la frontera el 7 de febrero de 1526. La entrega formal de la novia se produjo en la raya, entre Elvas y Badajoz, junto al río Caya. El protocolo era una coreografía milimétrica aprendida de la tradición diplomática: a unos treinta pasos de la línea divisoria, Isabel descendió de su litera y montó en una hacanea blanca con sillón de plata. Se formó un gran círculo ecuestre. Los nobles portugueses besaron la mano de su princesa y se despidieron. Los enviados de Carlos —el duque de Calabria, el arzobispo de Toledo y el duque de Béjar— cruzaron para recibirla. El secretario leyó en voz alta el poder imperial. El infante don Luis, con la voz rota, entregó las riendas de la cabalgadura de su hermana al duque de Calabria. Hubo lágrimas.
El marqués de Villarreal, que encabezaba el séquito luso y estaba acostumbrado al máximo lujo de la corte portuguesa, quedó consternado con lo que vio al otro lado de la raya. En las cartas que enviaba puntualmente al rey Juan III relataba, sin disimular su desdén, que la delegación castellana mostraba tal «fealdad» y descuido en sus personas que temió que la emperatriz se sintiese «desconsolada» al contemplarlos. El choque entre el barroquismo ornamental portugués y la severa austeridad de la nobleza castellana —que hacía del color negro su máximo símbolo de autoridad— fue inmediato y mordaz. El duque de Calabria llegó a la entrega vestido enteramente de raso y terciopelo negro forrado de martas, lo cual para un ojo castellano era la cima de la elegancia y la gravedad; para el marqués de Villarreal, era casi un luto.
La comitiva avanzó después hacia Sevilla por etapas deliberadamente lentas. El Emperador estaba en Madrid cerrando las últimas negociaciones del Tratado de Madrid con su prisionero Francisco I de Francia, y ordenó a la comitiva que dilatara el viaje mientras él resolvía esos asuntos de Estado. Villarreal lo vivió como un agravio a su princesa: si los negocios del Imperio importaban tanto, escribió con sarcasmo apenas velado, la reina venía precisamente para ayudar a resolverlos.
El Guadalquivir planteó un problema logístico de primera magnitud. El puente que unía Triana con Sevilla era un puente de barcas —barcos amarrados que sostenían una pasarela de madera— y se consideró «poco seguro para tanta gente». La solución fue hacer cruzar la comitiva el río varios días antes, en la localidad de Cantillana, cinco leguas aguas arriba, para entrar a Sevilla por tierra firme desde el lado correcto. El espectáculo de centenares de caballos, acémilas cargadas, literas y carruajes cruzando el Guadalquivir en aquella vega fue uno de los primeros actos de la representación que se avecinaba.
IV. Sevilla se convierte en escenario
Mientras la comitiva portuguesa avanzaba hacia el sur, Sevilla se transformaba. La ciudad que siempre había sido rica se propuso demostrar que era la más rica del mundo. Las autoridades municipales —que pagarían muy caro esa demostración— pusieron en marcha una máquina escenográfica de impresionante envergadura.
La adecuación de las calles para una entrada imperial no se limitaba a un simple barrido, sino que exigía una intervención logística, sanitaria y urbanística integral. Semanas antes de la llegada de la corte, el concejo contrató peones y albañiles para reparar el pavimento y retirar la suciedad acumulada. Para ocultar el barro y regularizar el firme, se allanaron los caminos esparciendo arena limpia sobre el trazado oficial. La limpieza visual se completaba con un enmascaramiento olfativo: el suelo de la ruta triunfal se cubría de ramos frescos, hierbas olorosas y pétalos de flores para aromatizar el ambiente al paso de la comitiva. En otras urbes de la monarquía, como Palermo, el senado local ordenaba meticulosamente la limpieza de las vías principales utilizando agua y acometiendo la repavimentación completa (inciacata) de las calles. En Écija, el ayuntamiento llegó a nombrar a diputados específicos —como Cristóbal Galindo y Sancho de Mendoza— encargados exclusivamente de supervisar la limpieza viaria.
En numerosas ocasiones, la mera limpieza de la superficie no bastaba para permitir el paso seguro del gigantesco tren de equipajes y las literas de la corte. En Zamora, el concejo ordenó el derribo de todos los «saledizos» —estructuras salientes de las fachadas— en la ruta imperial. Más drásticas fueron las medidas en Granada debido a su escarpada orografía: las autoridades mandaron demoler forzosamente una torre ruinosa junto a la Puerta de Guadix y derribaron una casa entera en la subida hacia la Alcazaba y la Alhambra, argumentando que estrechaban el paso y suponían un peligro mortal de desplome sobre la comitiva. Igualmente, en Madrid, la Corona ordenó en 1570 la demolición de puertas antiguas y viviendas para ensanchar y adecentar la vía principal. Mediante bandos públicos, se obligaba además a los vecinos y comerciantes que poseían inmuebles en la ruta a reparar sus fachadas, limpiar su tramo de calle y aderezar sus viviendas bajo la amenaza de severísimas multas.
Pese a todas estas precauciones, los días previos a la entrada solemne de la emperatriz Isabel estuvieron marcados por intensas precipitaciones. Cuando la emperatriz hizo su entrada en la ciudad el sábado 3 de marzo, el terreno se encontraba en muy malas condiciones; el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo especifica que «había mucho lodo por haber llovido mucho aquellos días antes», circunstancia que obligó a que la totalidad de los representantes de los oficios y gremios locales que salieron a recibirla tuvieran que hacerlo forzosamente cabalgando para sortear el barro y no arruinar sus ricas vestiduras de terciopelo y sedas.
El recorrido imperial, que discurría desde la Puerta de la Macarena hasta la Catedral y los Reales Alcázares, fue rigurosamente engalanado para Isabel. Las calles se cubrieron de ramos frescos y olorosos, salpicadas en numerosos tramos con pétalos de flores. El aspecto de las casas y palacios se alteró por completo: desde las ventanas y balcones hasta el mismo nivel del suelo, las fachadas desaparecieron bajo riquísimos tapices y paños de seda de diversos colores que caían como telones, ocultando las imperfecciones de la arquitectura cotidiana. A esta escenografía material se sumaba una escenografía móvil y humana, pues las ventanas, terrazas y azoteas estaban atestadas de mujeres y nobles ricamente ataviadas con sus mejores galas, sedas y joyas, que arrojaban flores y aclamaban al monarca.
Pero la pieza central de toda la escenografía fue la serie de siete arcos triunfales efímeros costeados por la ciudad. Construidos sobre armazones de madera y recubiertos de lienzos pintados, su diseño fue encomendado a los mejores artistas disponibles: el arquitecto Diego de Riaño, que ya había demostrado su dominio del nuevo lenguaje clasicista, contó con la colaboración del escultor florentino Pietro Torrigiano —el mismo hombre que de joven había roto la nariz de Miguel Ángel en Florencia— y del pintor Alejo Fernández.
Estos arcos no ensalzaban la guerra, sino que operaban como un Speculum Principis (espejo de príncipes) erasmista, marcando el itinerario regio con las virtudes morales y teologales que debían adornar al Emperador. En la parte superior de cada uno se apostaron ministriles, trompetas y pífanos que hacían sonar sus instrumentos al paso de Carlos V. El itinerario y la dedicación de los arcos fue el siguiente:
El Arco de la Prudencia, situado junto a la Puerta de la Macarena, mostraba a Carlos V dominando el orbe y a la Prudencia sometiendo a la Ignorancia. El Arco de la Fortaleza, erigido junto a la iglesia de Santa Marina, representaba al Emperador armado y a la Fortaleza pisoteando a la Soberbia. El Arco de la Clemencia, levantado en la iglesia de San Marcos, exhibía al Emperador desarmado —sin yelmo y con la espada envainada— junto a la Clemencia, que aplastaba a la Ira. El Arco de la Paz, ubicado en la iglesia de Santa Catalina, mostraba a Carlos V vestido con una pacífica toga romana pisando a la Discordia, armada con puñales. El Arco de la Justicia, situado en la parroquia de San Isidoro, aparecía flanqueado por virtudes como la Igualdad y el Premio, y vicios descabezados como la Tiranía y la Crueldad. El Arco de las Virtudes Teologales, erigido en la plaza del Salvador, estaba dedicado a la Fe, la Esperanza y la Caridad. Por último, el Arco de la Gloria, instalado en las Gradas de la Catedral, donde la Fama y la Gloria coronaban simultáneamente al Emperador y a la Emperatriz, rodeados de representaciones de súbditos de diversas naciones: romanos, alemanes, indios y moriscos.
El programa iconográfico no era arbitrario ni meramente decorativo: era la traducción visual más elaborada del pensamiento político del momento. Quien diseñó ese programa fue, en esencia, Erasmo de Rotterdam, aunque nunca pisó Sevilla. La corte itinerante de Carlos V que llegó a Andalucía traía entre sus filas a los hermanos Alfonso y Juan de Valdés, los erasmistas más influyentes de España. Alfonso, secretario de cartas latinas del Emperador, era el principal arquitecto de la propaganda imperial y un discípulo ferviente del humanista de Rotterdam. La Institutio principis christiani que Erasmo había escrito y dedicado expresamente al joven Carlos en 1516 había perfilado exactamente el tipo de monarca que aquellos arcos querían representar: no un guerrero brutal, sino un príncipe virtuoso, sabio, pacífico, guiado por la ética y la clemencia.

Al llegar a la Catedral, el decorado adquiría un tono sacralizado. En la Puerta del Perdón se instaló un riquísimo dosel de brocado de tres altos y un altar. En lugares estratégicos, como la torre del Aceite, se instalaron artilugios pirotécnicos con forma de cuatro dragones que escupían fuego y lanzaban cohetes. La ciudad más rica de Europa ponía dragones mecánicos a escupir fuego para recibir a su nueva emperatriz. El siglo XVI tenía su propio modo de deslumbrar.
V. Isabel en el Alcázar: la novia espera
A su llegada a Sevilla el 3 de marzo de 1526, y tras realizar sus oraciones en la Catedral, la emperatriz Isabel de Portugal cruzó a los contiguos Reales Alcázares para establecer su residencia a la espera de la llegada del emperador Carlos V, quien se retrasaría una semana más. Al entrar en el Alcázar, la emperatriz pasó a aposentarse en la torre del Aceite, emplazamiento que tuvo un destacado protagonismo visual durante la noche de su llegada, pues las crónicas relatan que en dicha torre se habían instalado los artilugios pirotécnicos con forma de cuatro dragones que «echaban fuego y cohetes de bienvenida por sus bocas» para festejar su instalación.
Los aposentos íntimos de la novia —citados en las crónicas como la «cámara de Isabel»— se ubicaron en el corazón del palacio mudéjar. La historiografía identifica esta recámara, con mucha probabilidad, con el espacio que ocupaba la antigua capilla del palacio del rey don Pedro I, una estancia que en la actualidad recibe precisamente la denominación de Salón del Techo de Carlos V. El cambio de denominación responde a la profunda renovación estética y simbólica que el Emperador impulsó en el Alcázar tras su estancia: la techumbre de la sala fue intervenida para albergar un programa iconográfico de legitimación dinástica, destacando en su artesonado los emblemas personales y la heráldica del monarca —el águila bicéfala del Sacro Imperio, el castillo y el león de sus reinos hispánicos, y sus inconfundibles divisas personales: las columnas de Hércules entrelazadas con el lema Plus Ultra—.
El espacio que experimentó una transformación ornamental más directa con motivo de la boda fue el Patio de las Doncellas, verdadero centro neurálgico en torno al cual se organizaban las dependencias del palacio mudéjar. Se intervino en las arquerías de la planta baja para insertar un programa de legitimación política y visual: sobre la arquería se añadió o modificó un friso de yeso (ataurique) en el que se intercalaron los emblemas de la nueva majestad imperial con los del monarca fundador. De este modo, junto al león, el castillo y la banda característicos del reinado de Pedro I, se esculpieron los escudos con el águila bicéfala del Sacro Imperio y las columnas de Hércules flanqueadas por el lema carolino Plus Ultra.
Aunque su construcción material se ejecutó años después de los fastos nupciales, hacia 1543, la historiografía vincula estrechamente la creación del llamado Pabellón de Carlos V (o Cenador de la Alcoba) a la experiencia del monarca en el palacio sevillano. La estancia de los recién casados durante la primavera de 1526 estuvo marcada por una inusual y temprana ola de calor, y esta dura experiencia climática motivó la posterior construcción de este retiro estival. Situado en la huerta de la Alcoba, en medio de un espeso bosque de cidros, limas, limones y naranjos, el pabellón fue diseñado específicamente para «pasar el calor de la siesta en los veranos».
VI. Isabel de Portugal: el retrato de una mujer
Antes de narrar la noche de la boda, es necesario detenerse en la protagonista, porque los cronistas de la época, que no solían perder el tiempo en semblanzas femeninas, dedicaron a Isabel de Portugal páginas de inusual minuciosidad y admiración.
El cronista Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo mayor del Emperador e hijo del teniente de alcaide del propio Alcázar de Sevilla —lo que le daba acceso a la intrahistoria palatina—, describió a Isabel con una precisión de orfebre: tez blanca, ojos grandes, boca pequeña, nariz aguileña, complexión delgada —con la expresión, propia de la época, de «pechos secos»—, bellas manos y una garganta alta y hermosa. Era una mujer que encarnaba el ideal de belleza renacentista, acentuado por una palidez que, en ocasiones, era también el reflejo de una salud frágil. El cronista Sandoval, que escribió medio siglo después pero manejó documentación original hoy perdida, confirmó la impresión unánime de la corte: al verla, Carlos V quedó «inmediatamente prendado de la extraordinaria belleza de la princesa».
Pero Isabel era mucho más que su belleza. Se la definía como honesta, callada, grave, devota y discreta. Poseía la que sus contemporáneos consideraban la mayor virtud áulica posible: «no ser entremetida». Nunca pedía nada para sí misma, nunca rogaba favores inoportunos, nunca se entrometía en las decisiones de Estado por impulso personal. Durante los partos ordenó que le cubrieran el rostro y no emitió un solo quejido para no perder la majestad real. Muchos vieron en ella el reflejo de su abuela materna, Isabel la Católica, y no lo decían como halago rutinario: era una observación política de primer orden, porque en ella reconocían la capacidad de gobernar en ausencia del rey.
Sin embargo, este estoicismo público coexistía con algo completamente distinto en la intimidad. La correspondencia diplomática portuguesa revela a una mujer capaz de una complicidad genuina, de bromas y risas con su esposo que escandalizaban por su espontaneidad en un ambiente cortesano entrenado para la distancia y la formalidad. Era también una lectora seria, aunque sus gustos se alejaban de la ficción: en su recámara abundaban libros de horas, obras marianas, el Floreto de San Francisco y el Espejo de cruz. Su devoción no era mera coreografía religiosa, sino una convicción honda que la acompañaría hasta los últimos momentos de su vida.
VII. La noche del 10 de marzo
Una semana después de la llegada de Isabel, el 10 de marzo de 1526, el tiempo parece haberse estabilizado y el suelo secado. Tras llegar a la Puerta de la Macarena, el monarca desmontó «todavía con sus ropas de viaje y cubierto de polvo», lo que evidencia la falta de lluvias recientes y la sequedad de los caminos durante esa jornada.
Durante su solemne entrada, Carlos V lució un atuendo que destacaba por una calculada y elegante sobriedad, marcando un fuerte contraste con la deslumbrante ostentación que vestían los grandes nobles y el clero que lo acompañaban. Según las relaciones documentales de la época, como la crónica de los Recebimientos que fueron hechos al invictísimo césar don Carlos V, el monarca iba «en cuerpo» —es decir, sin armadura ni mantos de gran aparato— y vestía un sayo ancho confeccionado en terciopelo negro, adornado por todas partes con tiras de rico brocado elaboradas con hilos de seda y oro que formaban filigranas. El minucioso testimonio del veneciano Giovanni Negro, presente en la ciudad y quien remitió una carta a su padre el 15 de marzo detallando el evento, corrobora esta indumentaria: el italiano especificó que el Emperador llevaba un «sagio di veludo negro con alcune liste d'oro di sopra» y que se cubría la cabeza con una «bereta di veludo negro». El agudo observador diplomático concluyó que Carlos hizo su entrada «non con molta pompa, ma secondo il suo solito», reflejando esa gravedad y austeridad cromática que terminaría por definir el estilo personal del monarca frente a la vistosidad de otras cortes.
A esta indumentaria se sumaba un complemento de altísimo valor simbólico y político: en su mano, en lugar de empuñar la espada o un bastón de mando militar, el Emperador portaba una vara o rama de olivo. El mensaje era de una claridad meridiana: acababa de vencer en Pavía, acababa de firmar la paz con Francia, era el señor del mundo y venía a casarse en paz. El irenismo erasmiano hecho gesto cortesano. El conjunto se completaba con su cabalgadura: un corcel que las fuentes castellanas describen poéticamente como un «caballo rodado color de cielo» —posiblemente un tordo muy oscuro o rucio que daba un reflejo azulado—, mientras que el veneciano lo define como un «caval grosso liardo molto bello», ricamente enjaezado con guarniciones de terciopelo negro en perfecta sintonía con el austero traje del monarca.
El Emperador avanzó rodeado por su guardia personal a pie, vestida con ricas libreas. La protección inmediata del monarca recaía en los cuerpos de élite que conformaban la compleja y estratificada estructura militar de la Casa Real, fuertemente influenciada por la etiqueta de la Casa de Borgoña: los arqueros de corps, una guardia de gran prestigio compuesta por gentileshombres que servía alternativamente a pie y a caballo, bajo el mando de su capitán Maximiliano de Lannoy, señor del Jardín; los alabarderos de la guardia, cuyo capitán era Adrien de Longueval, señor de Vaux; y las tradicionales guardias de los reinos hispánicos, como la guardia española y los históricos monteros de Espinosa.
En la misma portada de la Puerta del Perdón, el cabildo mandó construir un ático efímero que simulaba un cielo, en cuyas hornacinas se apostaron niños del coro vestidos de ángeles y virtudes que cantaron con suave melodía mientras el Emperador pasaba hacia el interior del templo. Como el monarca hizo su entrada en la Catedral cuando ya había anochecido y su posterior traslado al Alcázar se produjo a las dos horas de la noche, la comitiva dio paso a un espectáculo de luz: se encendieron multitud de hachas de cera y antorchas que transformaron la oscuridad.
El encuentro con Isabel tuvo lugar en los Reales Alcázares con la más rígida solemnidad protocolaria. Isabel, siguiendo el ceremonial, se arrodilló e intentó besar la mano del monarca. Carlos, en un gesto que rompía el guion previsto, se inclinó profundamente, la levantó por los brazos, la abrazó, la besó y la tomó de la mano para retirarse a conversar en privado. El embajador de Margarita de Austria, testigo presencial, escribió aquella noche a su señora que jamás había visto a unos recién casados «tan contentos el uno con el otro». El Emperador, habitualmente frío y medido en público, se mostraba absorto, sin mirar a nadie más, riendo y hablando continuamente con ella.

La ceremonia de los desposorios tuvo lugar aquella misma noche. La boda se celebró en la que las crónicas llaman la «cuadra grande que llaman Media Naranja», el actual Salón de Embajadores bajo su espectacular cúpula de lacería mudéjar: ningún otro espacio del palacio reunía esa capacidad de asombrar al visitante con la mezcla de grandeza islámica y poder castellano. El encargado de oficiar el rito «por palabras de presente» fue el cardenal Giovanni Salviati, legado papal de Clemente VII. Su presencia era canónicamente indispensable, pues portaba la dispensa apostólica que superaba dos impedimentos formidables: el estrecho parentesco de los contrayentes —eran primos hermanos— y la prohibición eclesiástica de contraer matrimonio durante la Cuaresma.
Pero el Emperador tenía prisa. Los cronistas recogen su impaciencia con una mezcla de discreción y complicidad. Aquella misma noche, a la medianoche, se improvisó un altar en la cámara privada de la Emperatriz. El arzobispo de Toledo, Alonso de Fonseca, ofició la misa de velaciones con muy pocos caballeros presentes —la hora lo hacía imposible— aunque asistieron las damas de la novia. Los padrinos fueron el duque de Calabria, Fernando de Aragón, y la condesa de Odemira y de Faro, doña Ángela de Fabra y Centelles, camarera mayor de la Emperatriz. La misa concluyó en torno a las dos de la madrugada. Los cónyuges se retiraron.
VIII. El ajuar de una emperatriz: el mundo en treinta arcas portuguesas
Si la dote era el motor financiero del matrimonio, el ajuar personal que Isabel trajo de Portugal fue algo más: fue la irrupción física del Imperio portugués en el corazón de Castilla. En una treintena de grandes arcas de cuero viajaban los objetos que sintetizaban el acceso lusitano a los extremos del mundo conocido.
Las joyas estrictamente indias que figuran en los inventarios de la Cámara del Archivo General de Simancas —tasadas minuciosamente por los plateros Diego de Ayala y Jan van der Peer— incluían rubíes engastados en oro, ajorcas hindúes, sortijas, botones y un singular dedal de oro valorado en veinte ducados. También había ajorcas de un raro material llamado «búfano» —probablemente cuerno de búfalo— complementadas con oro y rubíes indios. Pero la pieza de mayor envergadura era una «cama de campo» desmontable, con seis pilares y pies completamente recubiertos de nácar de colores y piedras preciosas engastadas en las columnas. Había llegado de la India o posiblemente de Corea, y su manufactura era de una rareza tan absoluta en España que los peritos reales encargados de tasarla tuvieron serias dificultades para encontrar a alguien con conocimientos suficientes para valorarla.
Los textiles asiáticos completaban este inventario exótico: colchas indias de vivo cromatismo, enormes paños de lienzo o algodón que superaban los diez metros y servían incluso como doseles, y objetos llegados de las Molucas vía el comercio chino y japonés. Entre estos últimos, los que más llamaron la atención de los castellanos fueron los «leques»: abanicos plegables de papel dorado y azul o de raso negro, elaborados «a la hechura de los de papel» según el estilo japonés o chino, un objeto completamente desconocido en la corte española.
El tocador de la Emperatriz era un universo aparte. Empleaba envases de marfil decorado para guardar sándalo, ámbar, benjuí y almizcle asiáticos, además de algalia, la preciada esencia africana base de muchos de los perfumes más caros de la época. La logística para garantizar el abastecimiento de esta última sustancia llegó al extremo de incluir en el séquito animales vivos traídos de África: «gatos de algalia» —civetas— cuya crianza en cautividad permitía extraer directamente la esencia de sus glándulas odoríferas.
Desde el punto de vista de la cultura material, el ajuar de Isabel de Portugal fue la primera gran oleada del exotismo oriental en la corte española. Sirvió para financiar la política imperial, pero también para introducir en España un nuevo paradigma de suntuosidad cortesana, abierto al mundo, impregnado de la globalización que el comercio lusitano había construido.
Continúa en la segunda parte: La boda de Carlos V en Sevilla (1526) — II: El precio del fasto, la mirada extranjera y el amor en el Alcázar.
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