La boda de Carlos V en Sevilla (1526): Escenario del poder, dinero portugués y una pasión inesperada (II)

Andrés Nadal

Segunda parte. La primera entrega —que recorre la Sevilla de 1526, el matrimonio de Estado, el viaje de Isabel, la entrada triunfal, la noche de la boda y el fastuoso ajuar portugués— puede leerse aquí.

IX. Dinero, deuda y el coste de aparentar

La boda de Carlos V en Sevilla fue, entre otras muchas cosas, un extraordinario ejercicio de ingeniería financiera distribuida. Nadie pagó de su propio bolsillo lo que daba la impresión de ser una exhibición de riqueza sin límites. El mecanismo fue, en su conjunto, una transferencia de costes en cadena que acabó recayendo sobre los más débiles.

A nivel estatal la dote portuguesa, financiada en parte con deudas compensadas, joyas y plazos; las arras del Emperador hipotecadas sobre las rentas de villas andaluzas. Pero el fasto visible —los arcos triunfales, el palio de brocado, las libreas de la nobleza, los torneos, los toros— no lo pagó la Corona. Lo pagaron las ciudades.

El cabildo de Sevilla compró masivamente telas de lujo para vestir a sus regidores, jurados y alguaciles. La demanda fue tan masiva y urgente que los artesanos locales no pudieron absorberla; el concejo tuvo que recurrir a mercaderes florentinos, como la firma Bernaldo Buchoni y Compañía, para adquirir las ricas telas. El palio de brocado de tres altos con el escudo imperial bordado en oro, piedras preciosas, aljófar y perlas bajo el que entró Carlos V costó él solo 3.000 ducados. Los gastos totales del concejo sevillano superaron el millón de maravedíes, de los cuales más de 870.000 correspondieron exclusivamente a deuda textil. Las arcas municipales quedaron exhaustas, y la ciudad tuvo que suplicar al Emperador, un año después, en mayo de 1527, permiso para imponer una «sisa» —un impuesto extraordinario sobre el consumo— para poder pagar a los mercaderes italianos lo que les debía de la boda.

El caso de Córdoba ilumina con mayor detalle la asfixia de los concejos. El ayuntamiento encargó para sus veintiséis representantes trajes de raso carmesí y damasco blanco a los mismos florentinos de Sevilla, generando una deuda de 871.825 maravedíes. La ciudad «carecía de propios» suficientes, es decir, no tenía fondos líquidos para hacer frente a ese gasto. Tuvo que suplicar licencia imperial para imponer una sisa y pagar a plazos durante años. En Zamora, el duque de Alba tuvo que intervenir para prohibir expresamente a los regidores que se compraran uniformes de terciopelo carmesí, con el seco argumento de que «la ciudad está pobre, y desto viria mucho perjuizo».

El coste del alojamiento: la regalía de aposento

La corte itinerante generaba además un caos demográfico y social en cada ciudad que visitaba. La llegada de miles de cortesanos, embajadores, sirvientes, soldados y personajes de todo tipo colapsaba el alojamiento, disparaba los precios de los alimentos y creaba una presión sobre la infraestructura urbana que las ciudades no estaban en condiciones de absorber.

El proceso se articulaba mediante el derecho jurídico de «regalía de aposento». La ejecución de esta inmensa tarea recaía en los aposentadores reales, quienes operaban bajo las directrices del mariscal de logis. Días o semanas antes de la llegada del Emperador, estos oficiales se adelantaban a la comitiva principal para inspeccionar el entramado urbano, requisar temporalmente las mejores casas particulares, mesones, monasterios o palacios, y tasar los alquileres. La distribución del espacio no era en absoluto aleatoria, sino rígidamente estratificada: los aposentadores tenían el encargo de asignar las moradas «a cada uno según la calidad de su persona».

En el caso específico de las nupcias sevillanas, la inmensa comitiva que acompañaba a la emperatriz gozó de una financiación particular dictada desde Lisboa. El rey Juan III de Portugal había ordenado que corriese íntegramente por su cuenta todo el gasto de la Emperatriz hasta el lugar donde se hubiese de encontrar con el Emperador, prolongando esta cobertura económica hasta quince días después del encuentro.

Para el grueso de la corte imperial, la supuesta gratuidad del hospedaje era un foco crónico de tensión. Las Cortes de Castilla exigieron reiteradamente limitar los abusos de esta servidumbre. Los procuradores del reino propusieron que se restringiera el derecho de gracia a un máximo de setenta posadas para aquellos oficios que por estricta necesidad debían residir cerca del palacio. Las Cortes llegaron a calificar la práctica de «servidumbre tan dañosa e abominable».

Un ejemplo paradigmático de esta tensión ocurrió durante la instalación de la corte en Granada. Mediante una cédula dictada el 30 de abril de 1526, Carlos V intentó respetar los privilegios locales, ordenando que sus propios aposentadores imperiales acudieran únicamente para asesorar. Pero el conflicto estalló en el plano económico: los aposentadores rompieron los acuerdos de manera unilateral, enviando alguaciles para coaccionar a los propietarios y rebajar por la fuerza los precios.

El embajador polaco Juan Dantisco dejó un testimonio revelador sobre estas dificultades: subrayó la hostilidad de los propietarios locales, en su mayoría moriscos —a los que describe como «cristianos solo de nombre»—, y se quejó de verse obligado a pagar alquileres abusivos de dos, tres y cinco ducados mensuales por unas pocas habitaciones y de tener que comprar sus propias camas, ya que las casas requisadas se entregaban vacías. En otras ciudades castellanas, la ocupación derivó en un rechazo social abierto: en Valladolid, los sacerdotes, tras verse obligados a desalojar sus propias viviendas para que las ocuparan los cortesanos flamencos, tomaron la drástica decisión de negarse a oficiar la misa si advertían la presencia de algún flamenco en sus iglesias.

El mercado inmobiliario sevillano

Para comprender la envergadura de este impacto, es necesario conocer la estructura inmobiliaria de la Sevilla del siglo XVI. La inmensa mayoría de la población, incluidos los artesanos, vivía en régimen de alquiler. Gran parte de los bienes inmuebles urbanos pertenecían a la Iglesia —particularmente al cabildo catedralicio— y al propio gobierno municipal, que los arrendaban mediante contratos a muy largo plazo de hasta noventa y nueve años. La renta nominal exigida era mínima, pero a cambio los inquilinos estaban obligados a asumir el coste de todas las reparaciones y del mantenimiento del edificio. El caso del grabador Francisco Ortega es paradigmático: su contrato fijaba un alquiler anual de apenas 1.000 maravedís, pero se vio forzado a invertir 100.000 maravedís en arreglar y apuntalar su vivienda.

La huella sanitaria de la corte

El establecimiento de la corte itinerante generaba además un impacto demográfico abrupto que colapsaba la precaria infraestructura sanitaria de las ciudades receptoras. En Sevilla, el sofoco climático unido al febril trasiego humano transformaban a la ciudad en una peligrosa transmisora de enfermedades contagiosas, lo que actuó como factor determinante para que la corte decidiera huir precipitadamente hacia Granada.

La comitiva portuguesa también dejó un rastro oscuro. Francesillo de Zúñiga, el bufón del Emperador, que gozaba de la licencia de decir lo que los cronistas oficiales callaban, documentó un episodio escandaloso durante los festejos sevillanos: aprovechando el tumulto del regocijo público, las damas portuguesas riquísimamente enjoyadas fueron asaltadas y se les robaron «muchas joyas y piedras». Las sospechas no recayeron sobre rateros comunes sino sobre la alta nobleza castellana: concretamente sobre el conde de Aguilar y cinco de sus hermanos, a quienes las crónicas señalan que se les llegó a aplicar tormento y ejecutar de manera sumarísima para aplacar la furia portuguesa.

X. La corte como teatro político

La composición del elenco que participó en la entrega de la novia y en la boda fue un acto de política tan calculado como los arcos triunfales. Carlos V designó a tres figuras cuya identidad enviaba mensajes precisos a todos los actores en juego.

El primer enviado fue don Fernando de Aragón, duque de Calabria, hijo del último rey de Nápoles y antiguo preso de Estado en Játiva, quien había demostrado su lealtad al no encabezar la revuelta de las Germanías. Ponerlo al frente de la delegación equivalía a escenificar la integración de la Corona de Aragón y de los intereses napolitanos en el núcleo de la Monarquía Católica. El segundo fue el arzobispo de Toledo, Alonso de Fonseca, que representaba el inmenso poder de la Iglesia española y su soporte financiero al trono. El tercero fue el duque de Béjar, junto con el duque de Medina Sidonia, el conde de Cifuentes, el conde de Monterrey y el marqués de Ayamonte: la flor de la aristocracia castellana y andaluza, exactamente los hombres a quienes más había importado tener una reina peninsular.

El señor de La Chaulx, Charles Poupet, sumiller de Corps, fue el enviado plenipotenciario que firmó las capitulaciones matrimoniales, asumió el papel del Emperador en las dos bodas por poderes celebradas en Almeirim, y acompañó a Isabel en su viaje a Castilla. El marqués de Villarreal, observador luso de aguda sensibilidad, lo encontró insoportable: relataba que La Chaulx no hacía más caso de los condes e hidalgos castellanos «que si fuesen mozos de espuelas», mientras corría a recibir a «César», el estribero flamenco del Emperador, con toda la deferencia del mundo. El choque entre el viejo poder flamenco en retirada y la nueva aristocracia castellana en ascenso era perfectamente visible en los márgenes de esa boda.

Las fricciones entre los dos séquitos fueron numerosas. Fray Antonio de Guevara, cronista y confesor imperial, criticó duramente a las damas portuguesas porque, mientras la Emperatriz comía en silencio servida por damas arrodilladas, el resto de las damas portuguesas «no callando sino parlando» reían en voz alta y conversaban con los galanes, perdiendo la gravedad que exigía la etiqueta castellana. El choque de estilos era, en el fondo, un choque entre dos culturas de corte que estaban a punto de fundirse, no sin fricciones, en algo nuevo.

XI. Las voces que no aplaudían: la mirada extranjera

Los cronistas castellanos narraron los fastos con el tono propio de quien escribe para la posteridad y la gloria del Imperio. Pero otras voces, más frías, más distantes, dejaron un retrato radicalmente diferente.

El veneciano Juan Negro, cuyas relaciones fueron recogidas por Marino Sanudo en sus monumentales Diarii, calificó la justa caballeresca celebrada en el Arenal como «molto brutta», muy fea. Aunque reconocía que los nobles castellanos habían llegado «muy bien vestidos y con cosas de gran valía», el torneo fue decepcionante porque las lanzas eran débiles y muchos de los participantes «apena sapeano cavalcar», apenas sabían cabalgar. La observación italiana era devastadora: la nobleza castellana podía comprar el mejor brocado del mundo, pero no podía comprar la destreza ecuestre que la propaganda imperial reclamaba para ella.

Juan Dantisco, el embajador polaco, fue aún más clínico. Su mirada se posó no sobre las sedas sino sobre las cuentas: «Nunca vi tan pobre la corte como ahora», escribió. «Andan buscando dinero... el Emperador se ve obligado a gastar ahora el que de su dote deberá cobrar». El lujo de la boda era un espejismo sostenido por prestamistas y usureros; la corte no pagaba a nadie y empeñaba los oficios para financiar la inminente expedición a Italia.

Los embajadores portugueses, por su parte, alternaban el orgullo nacional con la decepción táctica. Villarreal se escandalizó por la «fealdad» de los castellanos. Azevedo Coutinho escribió el 16 de marzo que apenas había visto «tres hombres vestidos» de gala en aquellos primeros días, dudando entre el rigor cuaresmal y la «pouca vontade da gente». Solo el diplomático alemán Johanes Lange encontró en los festejos algo que genuinamente le fascinaba: no el brocado renacentista sino los vestigios de otro mundo, el morisco, en las corridas de toros y los peligrosos juegos de leilas que los vecinos de la Granada nazarena seguían celebrando con un furor que la propaganda oficial intentaba en vano silenciar.

XII. La excomunión y la sombra de Roma

El 11 de marzo de 1526, el día después de consumada la boda, llegó a la corte una noticia que ensombreció los fastos: el Emperador estaba excomulgado. El motivo era la ejecución del obispo de Zamora, Antonio de Acuña, uno de los jefes del movimiento comunero, que se hallaba preso en Simancas. Al intentar fugarse, Acuña había matado al alcaide del castillo, y Carlos V había ordenado hacer justicia. El alcalde Ronquillo le dio garrote vil y lo colgó de las almenas. Ejecutar a un prelado consagrado, aunque fuese un homicida, violaba de manera flagrante la inmunidad eclesiástica. La excomunión fue automática.

En plena Cuaresma y Semana Santa, el Emperador no podía oír misa. Se retiró al monasterio jerónimo de Buenavista, a una legua de la ciudad, en actitud de recogimiento penitencial mientras enviaba mensajeros urgentes a Roma. La absolución de Clemente VII llegó «no con poca dificultad» a finales de abril.

Pero la relación entre Carlos y Clemente VII era mucho más tensa de lo que esta anécdota canónica sugería. El Papa, que temía el inmenso poder acumulado por los Habsburgo tras Pavía, estaba tramando algo mucho más grave. El 22 de mayo de 1526, cuando Carlos e Isabel acababan de salir de Sevilla y descansaban en Córdoba camino de Granada, se firmó la Liga de Cognac: Clemente VII, Francisco I de Francia, Venecia y el duque de Milán se aliaban abiertamente contra el Emperador. El Papa había usado la asistencia de Salviati a la boda como fachada de cordialidad mientras, a espaldas del novio, montaba la coalición más peligrosa que había enfrentado el Imperio en décadas.

Cuando Carlos V comprendió la magnitud de la traición desde la Alhambra de Granada, dirigió al Papa una carta de una dureza sin precedentes.

XIII. La vida privada en el Alcázar

Pero mientras la alta política se enredaba en sus mortales paradojas, en los aposentos del Alcázar sucedía algo que ninguna cancillería había previsto en sus cálculos: los dos jóvenes se estaban enamorando con una intensidad que dejó boquiabiertos a todos los observadores.

Los despachos del embajador portugués Antonio de Azevedo Coutinho, enviados con puntualidad a Juan III para que el rey de Portugal supiera si su inversión de 900.000 doblas estaba rindiendo frutos políticos y dinásticos, son un testimonio extraordinario de la vida íntima de los recién casados. Coutinho confirmaba a su rey que «la Emperatriz duerme cada noche con su marido en brazos, y están muy enamorados y contentos». Más aún: la pareja «está en la cama hasta las diez y las once», subvirtiendo de manera llamativa los horarios de la corte, donde la jornada comenzaba al alba. Cuando aparecían juntos en público, el comportamiento de ambos escandalizaba por su abandono del protocolo: «no miran a nadie, y no hacen otra cosa que reír y hablar entre sí». Carlos V, descrito por todos como hombre taciturno y melancólico, se mostraba en Sevilla como un joven de veintiséis años que hacía bromas y se reía, llegando a ser calificado como «muy chocarrero» por los asombrados diplomáticos lusos.

El marqués de Villarreal asistió a una audiencia privada celebrada el 23 de marzo en el Alcázar que completaba este retrato íntimo. Carlos lo recibió en una sala pequeña y muy calurosa con la ventana abierta por la que entraba mucho sol, rodeado de cuatro consejeros flamencos y acompañado de sus perros —«un lebrel y un podenco»—, sin la más mínima teatralidad protocolar. Ordenó que acercaran sillas para que los visitantes se sentaran, conversó en francés, se quitó el birrete y repartió bromas con una afabilidad que el rígido aristócrata portugués encontró refrescante y quizás un poco desconcertante.

La rutina cotidiana en el Alcázar era un equilibrio entre este intimismo inesperado y las obligaciones del calendario litúrgico. La Semana Santa interrumpió los festejos y forzó al Emperador a su retiro jerónimo en Buenavista. Isabel, de profunda devoción mariana, aprovechó esos días para visitar la Catedral y quedar prendada de la imagen de la Virgen de la Antigua en su capilla; una devoción que mantendría toda su vida y que honró en su testamento legando cinco candelabros de plata con forma de figuras infantiles —representando a sus cinco hijos— a esa misma capilla.

Una vez superado ese paréntesis y pasada la Pascua, Sevilla desplegó lo que sabía hacer mejor. En la Plaza de San Francisco se organizaron justas, corridas de toros y juegos de cañas. En el Arenal, junto a las Atarazanas, se celebró la gran justa final en la que el propio Carlos V entró a justar disfrazado, quebrando lanzas junto a los nobles más importantes del reino.

La música, en cambio, fue genuinamente extraordinaria. Nicolas Gombert, maestro de la capilla flamenca del Emperador y uno de los grandes polifonistas de su siglo, compuso específicamente para la celebración nupcial sevillana el motete Veni electa mea, una pieza de tal calidad que décadas después el compositor sevillano Francisco Guerrero la utilizaría como base paródica para su Missa L'homme armé. La capilla de Isabel, que llegó de Portugal con diez cantores y quince mozos de capilla —todos ellos pagados al «exorbitante salario portugués» de 40.000 maravedíes, frente a los 25.000 que era norma en Castilla—, causó tanto asombro por su nivel musical como fricción burocrática por sus costes. Isabel defendería a sus músicos con una firmeza inusual en una reina que solía ceder en todo, negándose a reducir ni efectivos ni salarios hasta el final de su vida.

Las dos capillas —la flamenca del Emperador y la lusitana de la Emperatriz— convergieron en el ambiente de la Alhambra de Granada, donde los relatos coinciden en que la pareja pasaba horas sentada en los jardines escuchando juntos la polifonía y el canto de sus maestros. La música fue el nexo íntimo que ningún protocolo podía interrumpir.

XIV. La huella de piedra: lo que Sevilla ganó

La corte partió de Sevilla el 13 de mayo de 1526, «huyendo de los grandes calores», como escribió el propio Carlos a su aliado el duque de Borbón en una carta fechada el mismo día de su partida, en la que indicaba de forma pragmática: «me voy a Granada a buscar el fresco». La ciudad quedó con sus arcas vacías, sus mercaderes esperando cobrar y sus calles de nuevo en la cotidianeidad de la república mercantil atlántica. Pero también quedó con algo que ninguna factura podía saldar: la semilla de su propia transformación monumental.

Diego de Riaño, el arquitecto que había diseñado los siete arcos triunfales efímeros, recibió en 1527 el encargo de erigir en la Plaza de San Francisco el nuevo edificio del Ayuntamiento de Sevilla. Era el primer gran ensayo de arquitectura renacentista civil de carácter permanente en la ciudad, y los propios contemporáneos lo entendieron así: la boda imperial se «petrificaba» en piedra. La fachada oriental del nuevo edificio desarrolló un programa iconográfico cuidadosamente diseñado para glorificar a la ciudad y a la Corona, incluyendo los relieves con los perfiles del Emperador y de la Emperatriz en recuerdo de su enlace, junto a las figuras de Hércules y Julio César como fundadores legendarios de la urbe.

En el Alcázar, la cámara donde se había celebrado la misa de velaciones a la medianoche quedó consagrada como lugar de memoria y se remodeló bajo el nombre de Salón del Techo de Carlos V. Las reformas motivadas por la estancia imperial continuaron durante décadas: en 1540 se sustituyeron los pilares de ladrillo del Patio de las Doncellas por esbeltas columnas de mármol genovés.

En 1543 se construyó en los jardines el Cenador de la Alcoba —también llamado Pabellón de Carlos V—, un retiro rodeado de naranjos pensado para los calores del estío sevillano que el Emperador nunca volvió a disfrutar personalmente.

XV. El viaje a Granada: veintidós días de luna de miel

La comitiva imperial salió de Sevilla el 13 de mayo de 1526 y llegó a Granada el 4 de junio, recorriendo el trayecto en veintidós etapas que son un mapa sentimental de la Andalucía del siglo XVI. Carmona, Écija —donde entraron bajo palio—, Guadalcázar, Córdoba, donde el Emperador visitó la mezquita-catedral y pronunció, al ver las obras del crucero cristiano empotrado en su interior, su célebre reproche a los canónigos: «habéis deshecho lo que era singular en el mundo, para construir en su interior una moderna y vulgar estructura cristiana». Después, Castro del Río, Alcaudete, Alcalá la Real, Santa Fe, donde la corte se detuvo casi una semana por los problemas de logística y alojamiento en Granada.

El 4 de junio entraron en Granada. Tras jurar los privilegios de la ciudad en la Puerta de Elvira, visitaron la catedral y subieron a instalarse en la Alhambra. La reacción de Carlos V ante el conjunto palatino nazarí fue de absoluta fascinación. Madrugó el día siguiente expresamente para recorrer la fortaleza: admiró la sofisticación de sus edificios, la complejidad técnica de las fuentes, la inusitada abundancia de agua en un emplazamiento tan elevado. «Un palacio encantado de los moros», escribirían por él los cronistas. Isabel se instaló en las estancias próximas al Mexuar, las mismas que habían ocupado Isabel la Católica treinta años antes.

Una embajada persa llegó a Granada con un regalo para Carlos V: unas semillas que producían flores de tallo alto, pétalos abigarrados y aroma intenso a las que llamaban «claveles». Eran desconocidas en España. El Emperador, profundamente enamorado, ordenó plantar con esas semillas todos los arriates y jardines de la Alhambra para que Isabel pudiera disfrutarlas.

La luna de miel duró seis meses, 190 días. Carlos dedicó veinticuatro de ellos a la caza, su pasión más antigua. En una de esas jornadas, persiguiendo a un jabalí, se separó de su escolta y se perdió en el monte. Ocultando su identidad —dijo ser un mercader que iba a Málaga— llegó a una aldea morisca donde un vecino le sirvió de guía. Regresó de noche a Granada mientras Isabel había mandado encender grandes hogueras en las murallas y tocar las campanas a rebato. En agosto llegó la noticia de que la Emperatriz estaba embarazada del futuro Felipe II, lo que obligó a trasladarla al monasterio de San Jerónimo por miedo a los terremotos que azotaron ese verano la ciudad.

Granada fue también laboratorio político. Carlos V convocó una junta de teólogos presidida por el inquisidor general Alonso Manrique para tratar la cuestión morisca. El resultado fue una hábil negociación: la comunidad morisca entregó al Emperador 80.000 ducados a cambio de la suspensión temporal de los edictos contra sus vestimentas y costumbres. Con 18.000 de esos ducados, Carlos financió el inicio de las obras de su Casa Real Nueva en la Alhambra, el palacio de planta cuadrada con patio circular proyectado por Pedro Machuca que se incrustó en el corazón del conjunto nazarí como una declaración de modernidad renacentista.

El 10 de diciembre de 1526, Carlos partió hacia Valladolid para convocar Cortes y recaudar nuevos subsidios para sus guerras europeas. La luna de miel había terminado. Comenzaba la larga historia de sus separaciones y de las cartas cifradas en las que Isabel gobernaría España como nadie lo había hecho desde Isabel la Católica.

XVI. El legado: de una noche en el Alcázar a la historia de Europa

Lo que comenzó como una operación financiera —900.000 doblas de oro por una regente competente y un heredero legítimo— se convirtió en algo que la historia raramente concede a los matrimonios de Estado: una relación de amor genuino, sólido y fiel hasta la muerte. Cuando Isabel murió en Toledo el 1 de mayo de 1539, Carlos V, que llevaba horas a su lado, rompió a llorar desconsoladamente mientras besaba su rostro y sus manos. Fue necesario el uso de la fuerza para separarlo de ella. «¡Dejadme, que he perdido todo mi bien!», exclamó. Tenía treinta y nueve años. Nunca volvió a casarse.

La historiografía posterior ha tendido a subrayar la dimensión pública de este matrimonio: la canonización de Isabel como gobernadora eficaz, la hispanización definitiva de los Habsburgo, la consolidación de la sucesión dinástica con el nacimiento del futuro Felipe II. Todo eso es verdad. Pero hay algo más antiguo y más simple en el origen, algo que sucedió en una noche de marzo en el Salón de Embajadores del Alcázar de Sevilla, cuando dos desconocidos de veintidós y veintiséis años se vieron por primera vez y, según todos los testimonios que han llegado hasta nosotros, no pudieron dejar de mirarse.

La vara de olivo que Carlos V portaba en la mano al entrar en Sevilla, el ajuar de nácar y civetas de la emperatriz, los claveles persas sembrados en los arriates de la Alhambra, las mañanas en el Alcázar en las que los emperadores dormían hasta las once y reían de cosas que nadie más entendía: todo eso es también la historia de Carlos V. Quizás la única parte de esa historia que él mismo, en el silencio del monasterio de Yuste donde pasó sus últimos años tocando la espineta y contemplando relojes y autómatas, recordó sin melancolía.

Fuentes y bibliografía

Las fuentes primarias fundamentales para el estudio de este período son los cronistas Pedro Mexía (Historia del Emperador Carlos V), Alonso de Santa Cruz (Crónica del Emperador Carlos V), Gonzalo Fernández de Oviedo (Relación de lo sucedido en la prisión del Rey de Francia) y Francesillo de Zúñiga (Crónica burlesca del Emperador Carlos V). Para la correspondencia diplomática resultan imprescindibles las cartas de Martín de Salinas, Juan Dantisco y los embajadores portugueses marqués de Villarreal y António de Azevedo Coutinho. La documentación de archivo fundamental se encuentra en el Archivo General de Simancas, que conserva los inventarios de joyas tasadas por Diego de Ayala y Jan van der Peer, el Libro de cuentas de la recámara y los finiquitos de la dote. Las actas del Cabildo Catedralicio de Sevilla y del Ayuntamiento de Córdoba aportan la dimensión económica municipal. Para la arquitectura efímera, resulta esencial el impreso anónimo en italiano Feste et archi triumphali... (1526).

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