El agujero es el documento. Una bombarda en el castillo de Priego de Córdoba

Nuestro departamento de museografía ha hecho un diorama para ilustrar la vida real en el castillo de Priego de Córdoba. Detrás de un trabajo así hay un estudio técnico metódico que empieza con lo que se ve.

Alguien dio la orden de romper el muro, pero no un muro cualquiera. El lienzo 9 del castillo de Priego de Córdoba tiene más de tres metros de espesor. Por fuera lo cierra un careado regular de sillarejos de travertino de treinta a cuarenta centímetros de altura por treinta y ocho a cuarenta y dos de anchura, asentados con mortero de cal y arena y repasados con un llagueado tan grueso que en las hiladas altas funciona casi como enlucido. En la cara vista hay marcas de cantero: aspas, asteriscos. Dentro, un migajón de cal, arena y piedra de todo tipo.

Llevaba más de cien años en pie cuando llegaron con las palancas. Los arqueólogos registraron la rotura como unidad estratigráfica 47: una superficie de arrasamiento y descostre en el paramento exterior, justo donde la regularidad de la sillería se interrumpe. Por dentro vaciaron el migajón y abrieron un vano. La obra de finales del siglo XV entra en la del XIV rompiéndola. No se integra con ella, sino que la corta.

Aquel espacio no había nacido para la pólvora, porque era un pasillo, una antepuerta en recodo añadida por fuera de la vieja alcazaba andalusí, en el sector más septentrional de la fortaleza, encajada entre los lienzos 4, 9 y 10. Por ahí se entraba. En la zona contigua, un silo amortizado dio una fecha de radiocarbono entre el 895 y el 915, de modo que por debajo de todo esto hubo gente almacenando grano en el cerro mucho antes de que a nadie se le ocurriera fortificarlo.

Lo que había encima del cerro

Conviene saber qué llevaba ese cerro encima antes de que alguien decidiera romperlo.

Las fuentes árabes llaman a Priego hisn, fortaleza en altura, y luego madina, cabeza de una cora. En las guerras civiles de finales del siglo IX, cuando los rebeldes muladíes disputan el sur a los omeyas de Córdoba, el cerro cambia de mano varias veces y aparece en las crónicas como base de operaciones. El silo del 895 al 915 pertenece a esa gente: alguien guardaba grano aquí mientras se decidía quién mandaba en la Subbética.

En 1226 llega Fernando III. La crónica dice que derribó la fortaleza hasta el suelo. Es una fórmula, pero conviene tomarla en serio, porque lo que hoy se ve en el cerro no es la fortaleza almohade: es lo que se levantó después, encima y con sus piedras.

Lo levanta la Orden de Calatrava, que recibe la villa hacia 1245 con el encargo de reconstruir y sostener. Suya es la torre del homenaje. Suyo es el aljibe donde ochocientos años más tarde aparecerán los dos cércoles de hierro y el bolaño partido. La orden no vino a residir. Vino a mantener una línea, pero no la mantuvo porque en 1327 los nazaríes recuperan Priego y refuerzan lo que encuentran. Alfonso XI la vuelve a tomar en 1341 y hace lo único que se puede hacer con una plaza así: le da el fuero de Jaén y la exime de tributos. Se exime de impuestos a quien no quiere venir. En la frontera lo escaso no es la piedra, es la gente dispuesta a dormir detrás de ella.

En 1370 Enrique II entrega el señorío a Gonzalo Fernández de Córdoba y la villa entra en la Casa de Aguilar. Ese es el giro que importa para entender el lienzo 9. A partir de esa fecha el castillo no es del rey ni de una orden militar. Es el patrimonio de un linaje. Quien paga las obras, quien decide dónde se abre un hueco y hacia dónde mira, es un señor. Y los Fernández de Córdoba pasaron el siglo XV peleándose entre ellos: los de Aguilar contra los condes de Cabra, con Córdoba y su campiña de por medio, en una guerra de bandos que no aparece en los manuales de la Reconquista porque no la libraron contra Granada.

Que la frontera seguía viva lo dice un episodio incómodo. Casi todas las guías repiten que Alfonso XI recuperó Priego «definitivamente» en 1341. En octubre de 1407, sin embargo, el infante Fernando de Antequera, mientras sitia Setenil, se entera de que hay dos castillos en manos musulmanas: Cañete y Priego. En 1409 organiza la repoblación de la villa y un caballero llamado Alonso de las Casas pide la tenencia comprometiéndose a restaurar la fortaleza. El adverbio sobra. La villa se perdió y se recuperó más veces de las que el relato cómodo admite.

Ahí está la razón de que la datación de los proyectiles clavados divida a la investigación. Si son de 1406-1407, a Priego le disparó el reino de Granada. Si son de 1469-1470, le disparó otro señor cristiano, probablemente pariente. El hecho material es el mismo —una bola de hierro incrustada en una llaga de mortero, una pella de plomo a nueve metros de altura en la torre 2—, pero la historia que cuenta cambia por completo según de qué década sea.

Y hay un último dato que conviene tener presente al llegar a la rotura del muro. En 1486 caen Loja, Íllora, Moclín y Montefrío. En una sola campaña, la línea que Priego llevaba siglo y medio vigilando se desplaza y desaparece de su horizonte. En enero de 1492 se entrega Granada. De modo que el hombre que midió el flanco occidental hacia 1490 y decidió romper tres metros de sillería no estaba fortificándose contra los nazaríes porque esa guerra ya estaba ganada.

El pasillo de tiro

A finales del siglo XV tapiaron el acceso. Echaron encima más de dos metros de rellenos para nivelar la antigua pendiente del foso. Sobre esa cota nueva extendieron un pavimento continuo de mortero de cal y arena, y encima del pavimento colocaron dos muretes de una sola hilada de sillarejos, alineados con la jamba del vano recién abierto.

La cureña entra por un pasillo de rodadura, dispara, retrocede en línea recta y vuelve. Los muretes no sujetan nada: sólo encauzan e impiden que el retroceso desvíe la pieza de lado y le haga perder la puntería.

El patio resultante mide 20,5 metros de largo por 7,5 de ancho, que es espacio suficiente para que una servidumbre trabaje de pie a los dos lados del cañón y para que la pieza recule sin estrellarse contra el muro de atrás.

Para meterla, desmontaron parte del lienzo 10.

El castillo se abre dos veces: una para que el arma entre y otra para que el arma dispare. Nadie hace eso por gusto.

Lo que queda de las bombardas

De las bombardas de Priego queda poco y está roto. En el desescombro del aljibe calatravo aparecieron dos cércoles de hierro forjado, incompletos, con aros de refuerzo. Pesan 1.609 y 1.214 gramos. Están hechos a martillo a partir de una barra de sección cuadrangular de 3,9 centímetros de anchura por 3,5 de grosor, afinada en un extremo y con una mortaja en U en el otro; estirada, esa barra medía unos cuarenta y cinco centímetros antes de curvarla en caliente para cerrar el anillo. El diámetro interior conservado es de ocho centímetros, así que la pieza que abrazaban era menor: descontando el grosor de las duelas, un calibre de entre cuatro y seis. Una cerbatana o un ribadoquín, no la bombarda del lienzo 9.

En el mismo aljibe apareció un bolaño de caliza masiva, esfera perfecta partida en dos por el impacto. Tiene diecisiete centímetros de diámetro y pesa siete kilos.

Hay un inventario. En 1518 el castillo declara seis lombardas, diecisiete falconetes, cincuenta y dos espingardas, trece cureñas y unos «asientos de fierro de truenos» cuya forma exacta nadie ha visto nunca. No hay ni una pieza entera.

El sistema para sostener una bombarda era contraintuitivo para quien viene del cañón moderno. La caña se forjaba con barras longitudinales de hierro dulce, las duelas, dispuestas como las de un tonel. Encima se calzaban aros al rojo vivo que, al enfriarse, se contraen, y esa contracción aprieta las duelas unas contra otras. La pieza no se sostiene por soldadura sino por presión.

Detrás iba la recámara, una pieza aparte, más corta y más gruesa, donde se compactaba la pólvora. No enroscaba: en el siglo XV no había forma de tallar una rosca de ese tamaño en hierro dulce que aguantara el calor y la trepidación sin agarrotarse o descabezarse al primer tiro. La recámara se encajaba a presión contra la culata de la caña y se aseguraba con una cuña, golpeada con mazo contra el tope trasero de la cureña. Todo el conjunto se trincaba después al fuste de madera con cuerdas de cáñamo pasadas por las argollas.

La ventaja era la velocidad. Con varias recámaras precargadas esperando en el suelo, la guarnición podía retirar la vacía, encajar la siguiente y volver a estar en tiro sin tener que atacar la carga desde la boca, pero lo único que impide que la recámara salga despedida hacia atrás con toda la fuerza de la deflagración es una cuña de madera y unas vueltas de cáñamo. El hombre que revisa esas cuerdas antes del disparo no está haciendo un trabajo auxiliar, sino el único que importa.

Lo que no sabemos

Sabemos por dónde se movía la pieza, pero no sabemos cómo era la pieza. Sobre el pavimento de cal de la zona 7 no se ha documentado ni una impronta de calzo, ni una cuña, ni la huella quemada de un banco de tiro. Tampoco surcos de rodadura ni marcas de arrastre; los morteros del castillo se recrecieron y regularizaron una y otra vez durante todo el siglo XV, en tongadas de ocho a doce centímetros, y con cada reparación se borró lo anterior.

De la cañonera del lienzo 9 tampoco constan las medidas. Ni luz de boca, ni derrames, ni altura libre sobre el pavimento. Consta el espesor del muro que la aloja, la altura conservada del paramento exterior (3,21 metros sobre la zapata), la posición y el arrasamiento de la salida. La cámara de tiro en sí, la que importa para saber qué cabía dentro, sigue sin cota publicada.

Tenemos el corredor pero no tenemos la máquina que lo recorría. El diorama que hemos preparado nace exactamente de ese hueco. Su trabajo es rellenarlo sin mentir.

Escenografía o artillería

Nos preguntamos para qué servía de verdad esa boca de fuego, y la investigación se parte en dos, y lleva años sin recomponerse.

Una corriente sostiene que buena parte de las reformas artilleras de los castillos señoriales castellanos de finales del XV fueron representación. La nobleza estaba dejando de ser guerrera para volverse cortesana, y el castillo pasaba de reducto a residencia y a escenario. Las torres del homenaje altísimas ofrecen un blanco perfecto. Los fosos secos de la época tienen poca profundidad. Los cubetes artilleros son de una elegancia que delata más el gasto que la balística. Una variante de esta lectura va más lejos: algunas de esas bocas de fuego no miraban al enemigo exterior sino a la propia población vasalla, y su función era apaciguar las turbulencias de un señorío andaluz que se pasó el siglo en guerra consigo mismo.

La otra corriente contesta que nadie levanta falsabragas ataludadas, con muros bajos para no dar blanco y fosos calculados para entorpecer los aproches, por vanidad. Y en Priego tiene un argumento que no admite réplica cómoda: el castillo conserva los proyectiles clavados.

Uno es una esfera maciza de hierro forjado de veintiocho milímetros y 77,65 gramos, incrustada en una llaga de mortero del lienzo 2, con la arista de un sillar vecino fracturada por el golpe. El otro estaba alojado a más de nueve metros de altura en la torre 2, después de partir por la mitad un sillar que tenía una debilidad interna: una pella de plomo con un canto rodado dentro, deformada por el impacto hasta 64 por 58 milímetros, 384 gramos, con un diámetro original calculado de 44,7. Sustituir el dado de hierro por una piedra de río abarata la munición y acelera su producción. Alguien tenía prisa.

La cronología de ese hostigamiento se discute (hay quien lo lleva a 1406-1407 y quien lo baja a 1469-1470), pero el hecho no. A este castillo le dispararon.

Entre las puntas de flecha recuperadas en los morteros del frente sureste hay una forjada plegando una lámina de hierro chapada en cobre de 1,2 milímetros, recortada de un cencerro. Eso tampoco es representación.

La pieza que hemos construido

La reproducción instalada por La Casa del Recreador se ajusta de forma precisa a esa munición real y no a una idea general de bombarda. El ánima mide 17,5 centímetros. El bolaño, 17. Cinco milímetros de viento en diámetro: la holgura por la que se escapaban los gases y por la que el proyectil salía cabeceando. El diámetro exterior es de 22 centímetros. La caña mide 180, lo que da 10,3 calibres de longitud, por debajo del límite de doce que las fuentes atribuyen a estas piezas. La recámara mide 50 centímetros más 12 de encaje dentro del tubo. Montada, la bombarda pasa de los dos metros treinta; la cureña sobresale unos sesenta por detrás, ocupados por la cuña y por la zona que recibe el retroceso.

No es una bombarda de verdad, aunque parezca idéntica. Está construida con dos cilindros de hierro unidos por discos internos soldados, hueca entre pared y pared. Es la solución que permite instalarla sobre un yacimiento sin cargarlo. Tiene una consecuencia que conviene decir en voz alta: las duelas son simuladas y los aros son macizos. En la bombarda del siglo XV las duelas eran la estructura y los aros la abrazadera. Aquí ocurre justo al revés. Lo que sostenía es ahora dibujo, y lo que apretaba es lo único sólido que hay.

La recámara se pone y se quita como la original. Lleva oído perforado y hierro de ignición, igual que el original. Lleva asas. La cureña es de vigas de madera, con ruedas macizas y cuña de ajuste; en la zona que absorbe el retroceso lleva herrajes de refuerzo clavados con clavos forjados, y otros herrajes para portar material. Caña y recámara están texturizadas para dar apariencia de forja.

Las ruedas parecen pequeñas porque el conjunto tenía que pasar por el hueco artillero, que no admite otra cosa. La tipología de rueda maciza de madera es la de la época. La dimensión la impuso el vano.

Los bolaños son réplicas sintéticas de dieciséis a diecisiete centímetros y peso reducido. El volumen y el aspecto es el real, pero el peso no: el original de caliza que se sacó del aljibe pesa siete kilos, y moverlo a mano, uno detrás de otro, durante una jornada, es una información que la vista no da.

Los dos hombres que trabajan con la bombarda van con botín de media caña con hebillas, calzas, calzones, camisa y chaqueta de armar, celada sin visor, y daga testicular al cinto los dos.

Uno lleva además brigantina de finales del XV. El otro no. Así no hace falta explicar quién manda.

El de la brigantina transporta un bolaño con las dos manos. El otro está inclinado sobre la cureña, revisando las cuerdas.

De todos los instantes posibles, para el montaje se escogió el que no aparece en ninguna estampa. No hay disparo, no hay humo, no hay pieza en batería asomando por la tronera. Hay una máquina que todavía no está lista y dos hombres haciendo lo que se hace antes: cargar el peso y comprobar el nudo. Lo que mostramos es la vida real y cotidiana del castillo.

La decisión también resuelve un problema arqueológico porque, con la bombarda encajada en el vano, la cureña y la servidumbre habrían tapado el pavimento de cal y los muretes-guía, que son el hallazgo singular del sector. En tránsito, el suelo se sigue leyendo.

Hacia dónde mira la cañonera

La cañonera se abrió mirando al flanco occidental, el más desprotegido del conjunto. La ladera norte se defiende sola por escarpada; el oeste no. Enfrente estaba la puerta de San Bernardo, también llamada Puerta Vieja, que cerraba el recinto de la villa al final de la actual calle Santiago, junto al Molino de la Puerta, y desde la que arrancaba un camino cubierto encajonado entre la muralla urbana y la ciudadela.

Durante décadas esa puerta se confundió con la Puente Llovía. El error se consagró en el índice de grabados de un libro de 1977 y lo repitieron después todos los que vinieron detrás, incluida la primera carta arqueológica municipal. Rafael Carmona Ávila lo desmontó en Antiqvitas en 2009: la Puente Llovía no es una puerta, es un acueducto que sostenía el caz de un molino harinero, con un paso abovedado de 2,28 por 2,57 metros abierto para que el agua cruzara por encima del camino sin cortarlo. Las muescas que parecían encajes de pernos de una puerta defensiva son retallas posteriores, para rejas de peste o para cobrar portazgo. El nombre viene de que la conducción goteaba sobre quien pasaba por debajo.

De la puerta de San Bernardo no queda nada en superficie. A mediados del XIX un erudito local todavía vio la quicialera de piedra con los huecos de los pernos.

Del campo de tiro tampoco queda nada. En el siglo XVII, cuando el castillo ya no valía para la guerra, levantaron el lienzo 5, un muro de aterrazamiento de casi cinco metros entre el lienzo 9 y el 12, y el espacio abierto que había delante de la cañonera se convirtió en una fosa triangular que fueron rellenando con escombro, tejas y basura durante trescientos años. La tronera quedó enterrada por fuera.

Hoy se ha vaciado esa fosa y se puede uno asomar. Al otro lado de la boca de fuego no hay ladera, ni foso, ni camino, ni puerta. Hay un muro de contención a unos metros y una franja de cielo recortada por el borde de las murallas.

El agujero es el documento

Queda el agujero, y el agujero es el documento, aunque nadie dejó escrito por qué se abrió. No hay libramiento de obra, ni cuenta del concejo, ni memorial que diga quién lo mandó ni con qué dinero se pagó. Lo que hay es la rotura: el descostre en el paramento, el migajón vaciado, la sillería regular interrumpida a media altura. Alguien midió el flanco occidental hacia 1490, echó la cuenta y decidió que cien años de cantería valían menos que una boca de fuego apuntando a la puerta de San Bernardo. Esa decisión está escrita en el muro con más precisión que en ningún papel.

Faltaba la otra mitad del documento, la máquina que justificaba el destrozo. Eso es lo que hay ahora sobre el pavimento de cal de la zona 7. Dos metros y treinta centímetros de caña y recámara trincados con cáñamo a un fuste de vigas. Cuatro bolaños apilados en el suelo. Un saco de pólvora y un rollo de cuerda. Y dos hombres que todavía no han disparado: uno carga el peso, el otro comprueba el nudo.

Rompieron tres metros de sillería para que ese nudo aguantase en la contienda.

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