Durante el siglo X, al-Ándalus alcanzó una de sus etapas más brillantes bajo el gobierno de al-Ḥakam II, segundo califa omeya de Córdoba. Erudito, diplomático y mecenas, su reinado consolidó el esplendor político y cultural iniciado por ʿAbd al-Raḥmān III. Este artículo recorre la figura de un gobernante excepcional que convirtió a Córdoba en la capital intelectual del Occidente islámico.
Infancia y adolescencia
Hijo del califa ʿAbd al-Raḥmān III y de una concubina de origen vasco, al-Ḥakam II nació prematuramente el 131 de enero del año 915 en Córdoba, tras siete meses de gestación2.
A pesar de su nacimiento anticipado, fue reconocido desde temprana edad como heredero al trono y fue jurado como príncipe a los ocho años. Este nombramiento le aseguró una formación humanística y científica de excepcional calidad que abarcaba teología, derecho islámico, poesía, filosofía, medicina y astronomía. Le permitió acceder tanto al saber islámico como al legado grecorromano y le dio una cultura enciclopédica que marcaría su posterior gobierno.
Además de su educación, ʿAbd al-Raḥmān III procuró que su hijo adquiriera experiencia práctica en los asuntos de Estado y en el arte de la guerra. Por ello le obligó a participar en campañas militares —incluidas las aceifas— contra los focos de resistencia interna del Califato y los reinos cristianos del norte peninsular. Estas vivencias contribuyeron a familiarizar al joven príncipe con las complejidades de la administración y la estrategia política.
En el ámbito personal, el califa impuso a su hijo un estricto aislamiento en palacio y le prohibió contraer matrimonio hasta que asumiera el califato; una decisión que generaría especulaciones entre los cortesanos sobre su orientación sexual3.

Ascenso al califato
En octubre del año 961, ʿAbd al-Raḥmān III murió en Medina Azahara y su hijo al-Ḥakam II accedió al trono a los 47 años. Fue proclamado califa con el título honorífico de al-Mustanṣir bi-Llāh («Aquel que busca la ayuda victoriosa de Dios») y recibió de sus súbditos el juramento de lealtad, la bayʿa.
El nuevo monarca heredó un califato en pleno apogeo político, económico y cultural, lo que propició una transición pacífica y una acogida favorable tanto por parte de la corte como del pueblo, respaldada por su prestigio previo como administrador, militar y mecenas de las artes y el saber.
Entre sus primeras iniciativas como califa, al-Ḥakam II impulsó el fortalecimiento y la profesionalización del ejército, a cuya cabeza colocó al general Gālib4.
Asimismo, llevó a cabo la modernización de la administración estatal con gobernadores locales que le eran leales. Promovió una burocracia más eficiente y reformó el sistema fiscal para hacerlo más equitativo, impulsando en cecas cercanas a Córdoba la acuñación masiva de dírhems de plata5 y dinares de oro de gran calidad.

También promovió la construcción de nuevas edificaciones públicas como mezquitas, escuelas (madrasas)7 y baños (ḥammāms), así como sistemas hidráulicos y logísticos que contribuyeron a la mejora de los recursos agrícolas y urbanos en al-Ándalus.
Al-Ḥakam II fue también conocido por su devoción religiosa y sus labores de beneficencia. Promulgó exenciones fiscales, promovió durante el mes del Ramadán el reparto de limosnas, llevó a cabo el rescate de cautivos musulmanes en territorio cristiano y organizó la distribución de pan en tiempos de hambruna.
En el año 961-962 pudo por fin casarse y tomó como esposa principal a la esclava Ṣubḥ, quien le dio dos hijos varones.
Política peninsular
Al poco de llegar al trono omeya, las relaciones del Califato con los vecinos cristianos del norte (Navarra y Castilla y León) se tornaron tensas, ya que estos se negaban a respetar los acuerdos de tregua y vasallaje establecidos previamente por su padre, ʿAbd al-Raḥmān III8.
En el año 962, al-Ḥakam II encabezó personalmente una aceifa de castigo contra el reino de León y obtuvo importantes botines y prisioneros.
La hegemonía omeya en la Península Ibérica quedó reflejada en las visitas diplomáticas que diversos monarcas cristianos realizaron a Córdoba, entre ellas la del destronado Ordoño IV de León9. Este acudió a la corte de al-Ḥakam II con la esperanza de obtener apoyo califal para recuperar el trono. Aunque el califa mostró disposición a respaldarlo, una embajada enviada por Sancho I logró revertir la situación al prometer el cumplimiento de los acuerdos previamente establecidos con ʿAbd al-Raḥmān III. Esta maniobra diplomática dejó a Ordoño sin opciones; el rey murió misteriosamente en el olvido tiempo después10.
Tras la muerte de su rival, Sancho I consolidó su posición mediante una nueva alianza con Fernán González de Castilla, Sancho Garcés II de Navarra y los condes de Barcelona, una coalición que fue recibida con recelo por el poder omeya, al interpretarse como un desafío a su influencia en el norte peninsular.

Como respuesta a esta nueva entente cristiana, en el 963 al-Ḥakam II emprendió una nueva campaña militar que culminó con la toma de los enclaves de Atienza, Calahorra y Gormaz (Soria). Esta última plaza fue reconstruida y convertida en una estratégica fortaleza bajo la dirección del general Gālib, lo que consolidó el dominio musulmán sobre la frontera del Condado de Castilla.
Dos años después morirá envenenado Sancho I y el Califato de Córdoba recuperará a nivel peninsular la hegemonía, participando como árbitro en las numerosas crisis internas de los reinos cristianos del norte.
Durante la década de 970, Córdoba se erigió como un destacado centro diplomático. Ibn Ḥayyān registra la llegada de diversas embajadas cristianas en 971, como la del conde de Barcelona —que entregó cautivos musulmanes y obsequios— y la del conde de Astorga, que informó sobre incursiones normandas en el Cantábrico. También acudieron representantes de León, Navarra, Salamanca y Castilla, todos ellos interesados en negociar treguas y pactos, lo que refleja el reconocimiento de la autoridad omeya.

Política internacional: entre alianzas y treguas de paz
Durante el reinado de al-Ḥakam II, el Califato de Córdoba consolidó su posición como potencia hegemónica en el Mediterráneo occidental gracias a una política exterior equilibrada entre la diplomacia, la defensa territorial y la proyección internacional.
Incursiones vikingas
Las incursiones de los maŷūs (vikingos) fueron las únicas amenazas externas significativas. En 966, una flota normanda atacó Lisboa11 y fue derrotada después en la desembocadura del río Silves por tropas enviadas desde Sevilla12.
Entre los años 971 y 972, el cronista Ibn Ḥayyān documenta dos incursiones vikingas en las costas del Algarve que terminaron en fracaso. Ante la amenaza, se movilizó la flota califal bajo el mando del almirante Ibn Rumāḥis y del general Gālib, aunque finalmente no fue necesaria su intervención: los atacantes escandinavos, al percibir la respuesta militar organizada, optaron por retirarse precipitadamente antes de que se produjera el enfrentamiento.
Relaciones con Bizancio
Continuando la política de relaciones exteriores iniciada por su padre, al-Ḥakam II mantuvo los vínculos diplomáticos con el Imperio Bizantino.
Córdoba y Constantinopla intercambiaron embajadas que, más allá de su dimensión política, reflejaban un interés compartido por el dominio del Mediterráneo. Uno de los episodios más emblemáticos de este contacto fue el envío, por parte del emperador Nicéforo II Focas, de un artesano del mosaico junto a 320 quintales de teselas doradas13 destinadas a ornamentar el nuevo miḥrāb de la mezquita de Córdoba que se estaba construyendo y que fue concluido en el 96514. Este gesto, cargado de simbolismo, mostraba no solo el respeto entre ambas cortes, sino también el intercambio artístico y de saberes entre Oriente y Occidente.

Embajadas a Otón I
Durante el califato de al-Ḥakam II, Córdoba mantuvo relaciones diplomáticas con la corte de Otón I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en un contexto de creciente interacción entre las principales potencias del Mediterráneo.
Estas embajadas tenían como objetivo establecer canales de comunicación política, garantizar la seguridad de los comerciantes cristianos en territorio andalusí y explorar posibles acuerdos en materia de navegación y comercio.
La recepción de emisarios imperiales en la corte omeya, así como el envío de delegaciones cordobesas a tierras germánicas, evidencian el interés de ambas partes por consolidar vínculos estables más allá de las diferencias religiosas.
Alianzas en el Magreb
Al-Ḥakam II mantuvo en el Magreb la política de alianzas con tribus bereberes y gobernadores locales, siguiendo la línea trazada por su padre, ʿAbd al-Raḥmān III, ya que la región era estratégica para controlar las rutas comerciales y marítimas del Mediterráneo y consolidar la presencia militar omeya.
Las tribus Zanāta y Magrāwa se alinearon con los Omeyas, mientras que los Ziríes mostraban simpatía hacia los fatimíes chiíes. A esta coalición omeya se sumaron los Banū Ḥamdūn, que abandonaron su fidelidad a los fatimíes para apoyar al Califato cordobés.
En respuesta, los fatimíes respaldaron al idrisí al-Ḥasan Ibn Qannūn en el norte de Marruecos. Al-Ḥakam II reaccionó con una ofensiva terrestre y naval dirigida por el general Gālib, acompañado por Ibn Abī ʿĀmir. Tras una derrota inicial en Tánger en 972, las fuerzas omeyas lograron la victoria definitiva en 97415, lo que consolidó el dominio en el Estrecho mediante el control de Algeciras y Ceuta. Como reconocimiento, Ibn Abī ʿĀmir fue nombrado Gran Cadí del Magreb. Este control del estrecho permitió también controlar el comercio que llegaba del Mediterráneo, y en especial el procedente de la ruta del oro subsahariana16.

Estas alianzas facilitaron asimismo la incorporación de contingentes bereberes al ejército califal. Aunque destacaron por su eficacia militar, su presencia creciente en al-Ándalus, y especialmente en Córdoba, generaría años más tarde tensiones de carácter étnico con los andalusíes locales.
Córdoba y Medina Azahara, centros del saber y de cultura
Al-Ḥakam II, gracias a la excelente educación humanista y religiosa que recibió, fue un gran bibliófilo. Fundó en el Alcázar cordobés una inmensa biblioteca enciclopédica que, según las fuentes, llegó a albergar más de 400.000 volúmenes y se convirtió en una de las mayores del mundo medieval. Para ampliarla mandó delegaciones a Egipto y Oriente para que comprasen las últimas novedades de manuscritos científicos, filosóficos, jurídicos y literarios que encontrasen17.
La biblioteca no solo almacenó obras, sino que funcionó como centro de copia, traducción y catalogación, con escribas especializados y catálogos que ocupaban decenas de volúmenes. Varias de estas obras llegarían a Occidente a través de traducciones del árabe al latín18.
Asimismo, el entorno intelectual promovido por al-Ḥakam II atrajo a figuras excepcionales tales como Ḥasdai ibn Shaprūṭ19, Abū al-Qāsim al-Zahrāwī20, al-Maŷrīṭī21 o Ibn Ŷulŷul22, entre otros, que convirtieron a Córdoba en la Meca del saber, las humanidades y las ciencias a nivel peninsular e internacional.
Córdoba: la remodelación de la mezquita y la ciudad
La estabilidad interna del Califato permitió a al-Ḥakam II desarrollar un ambicioso programa de reformas urbanas en Córdoba, orientado a modernizar la ciudad y responder a su creciente población23.
Entre las actuaciones más destacadas figura la ampliación de la mezquita aljama de Córdoba, dirigida por el chambelán Ŷaʿfar b. ʿAbd al-Raḥmān al-Ṣiqlābī24. Se ampliaron naves y se incorporó un nuevo miḥrāb de estilo bizantino, ornamentado con mosaicos dorados por artistas enviados por el emperador Nicéforo II Focas.

Hubo también obras en Córdoba que incluyeron la renovación de los sistemas de agua corriente mediante nuevas canalizaciones y fuentes públicas, la restauración del puente romano con la construcción de una presa, y la rehabilitación de los molinos del arrecife, esenciales para el abastecimiento alimentario. Se amplió el zoco de los ropavejeros, lo que implicó el traslado de la Casa de Correos (Dār al-Barīd) y el ensanchamiento de la vía principal del mercado. Asimismo, se extendió el cementerio de Umm Salama, evidencia del crecimiento demográfico.
Estas reformas consolidaron a Córdoba como una ciudad modelo en el mundo islámico, símbolo de orden, sofisticación y poder califal.
La situación social de los mozárabes y judíos
Bajo el reinado de al-Ḥakam II, los mozárabes y judíos, aunque estaban protegidos como dhimmíes, estaban sujetos a impuestos específicos y restricciones sociales26. Sin embargo, a diferencia de otros periodos andalusíes, conocieron una relativa tolerancia hasta la muerte de al-Ḥakam II27.
La arabización de al-Ándalus se consolidó en el siglo X como una política de Estado que, aunque no siempre coercitiva, promovió una asimilación progresiva que debilitó las identidades religiosas no islámicas. En ciudades como Córdoba, los cristianos mozárabes vivieron un proceso de integración social y cultural marcado por la adopción del árabe como lengua habitual y su participación activa en la administración, los oficios y el comercio. Esta integración, sin embargo, implicó una profunda aculturación: el latín, tradicional lengua de cultura entre los cristianos, estaba prácticamente desaparecido en los entornos urbanos.
En este contexto de asimilación cultural destaca como excepción la figura del obispo mozárabe Recemundo, también conocido como Rabīʿ ibn Zayd. Gracias a su dominio del latín y el árabe, desempeñó un papel relevante como diplomático y erudito en la corte de al-Ḥakam II. Su obra más conocida, el Calendario de Córdoba, dedicada al califa, constituye una fuente esencial para el estudio de los saberes astronómicos, agrícolas, médicos y religiosos en al-Ándalus. Refleja el alto nivel intelectual de la época y el papel activo que los mozárabes desempeñaron en la transmisión del conocimiento entre culturas.
Pese a esta relativa tolerancia, la presión y el proselitismo para que estas minorías se convirtiesen al islam fue constante, reforzado además por incentivos fiscales y jurídicos que favorecían a los nuevos conversos musulmanes.
Medina Azahara, símbolo del poderío omeya
Medina Azahara (Madīnat al-Zahrāʾ en árabe) fue uno de los grandes centros neurálgicos del poder omeya en al-Ándalus. Fundada por ʿAbd al-Raḥmān III en el año 936 como símbolo de la legitimidad califal, la ciudad palatina ya funcionaba como sede política y ceremonial cuando al-Ḥakam II accedió al trono. Bajo su reinado, las obras continuaron con nuevas intervenciones arquitectónicas que reforzaron el carácter representativo del complejo y elevaron su sofisticación estética mediante fuentes ornamentales, delicadas yeserías y epigrafías cúficas.
Para embellecer sus espacios se incorporaron columnas antiguas procedentes de la Hispania romana y de otras regiones del Mediterráneo, integrando elementos clásicos en la arquitectura islámica.
Medina Azahara albergaba no solo el palacio real, sino también oficinas administrativas, jardines, baños, acequias, mezquitas y salas destinadas a la recepción de embajadas extranjeras. Se convirtió en un escenario privilegiado para la escenificación del poder califal, donde tenían lugar audiencias oficiales, banquetes diplomáticos y actos solemnes que proyectaban la autoridad omeya dentro y fuera de al-Ándalus.

El ascenso de Almanzor y las intrigas de Ṣubḥ
Muḥammad b. Abī ʿĀmir, más conocido como Almanzor, aparece en la escena política omeya ya en el 967, cuando fue nombrado administrador de los bienes del príncipe heredero Hishām, aún niño. Su eficacia y ambición lo llevaron rápidamente a ocupar cargos clave como la jefatura de la policía en Córdoba y la dirección de la Ceca de Medina Azahara, que le permitió el control de las finanzas del Califato. Participó además en las campañas omeyas del Magreb, lo que le permitió ser Cadí del Magreb obteniendo así aún más prestigio político e influencia en la Corte.
Por su parte, Ṣubḥ era una esclava del norte cristiano28, posiblemente vascona o navarra, que se convirtió en la esposa favorita de al-Ḥakam II y en madre de dos hijos varones: ʿAbd al-Raḥmān (primogénito, nacido en el año 962 y muerto joven en el 970) y Hishām.
Ṣubḥ tejió una alianza estratégica con Ibn Abī ʿĀmir, buscando legitimar a Hishām ante al-Ḥakam II como príncipe heredero. Por su parte, Ibn Abī ʿĀmir, apoyado por la reina, alcanzó más cuota de poder y en 970 comenzó a aparecer nombrado en las monedas de oro emitidas por la ceca cordobesa, algo que jamás había pasado en la historia de al-Ándalus. Poco a poco, Ibn Abī ʿĀmir llegará a gobernar al-Ándalus como un auténtico valido, participando en decisiones militares, fiscales y judiciales en un ascenso discreto pero firme.

Últimos años: los problemas sucesorios
En los últimos años del reinado de al-Ḥakam II, la cuestión sucesoria se convirtió en el principal desafío político del Califato. El califa, que había tenido hijos en edad avanzada, vio morir a su primogénito ʿAbd al-Raḥmān en el año 970, lo que dejó como único heredero a Hishām II, nacido en 965. La corta edad del príncipe, sumada al progresivo deterioro de la salud del monarca, generó una creciente incertidumbre institucional.
Para garantizar la continuidad dinástica, al-Ḥakam II emprendió entre 971 y 974 una campaña de legitimación que contó con el respaldo activo de su esposa Ṣubḥ; esta campaña buscaba también contrarrestar las habladurías entre la población sobre un supuesto romance entre Ibn Abī ʿĀmir y la concubina Ṣubḥ, lo que dio también argumentos e inspiración a algunos cortesanos y poetas para burlarse del califa. Para poner fin a estas burlas y bulos, el gobernador de Córdoba ordenó en el año 972 el encarcelamiento de varios de estos cortesanos y poetas, en un gesto que buscó reafirmar la autoridad califal y proteger la estabilidad institucional frente a los chismes del pueblo.
Entre el 972 y 973 se perdió definitivamente el enclave omeya de Fraxinetum, en la Costa Azul francesa, que fue conquistado por una coalición de nobles provenzales29.
Estos reveses pusieron de manifiesto los primeros signos de debilidad en el poder califal, que se acentuaron en el año 974, cuando el califa al-Ḥakam II sufrió una hemiplejía, probablemente provocada por un ictus. Este episodio marcó un deterioro significativo en su estado de salud, debilitando aún más la estabilidad política del Califato.
En este clima de crisis institucional y territorial, emergió con fuerza la figura de al-Mugīra, hermano pequeño de al-Ḥakam II de 27 años de edad, promovido por ciertos sectores de la corte como alternativa a su sobrino Hishām. Entre sus principales apoyos se encontraban los ṣaqāliba (oficiales militares de origen eslavo), que veían en al-Mugīra una opción más estable y joven para el trono. Esta candidatura suponía una amenaza directa a los intereses del príncipe heredero, defendidos por un bloque cortesano liderado por Ṣubḥ, Ibn Abī ʿĀmir (Almanzor) con sus familiares y clientes, y el primer visir (ḥāŷib) Yaʿfar b. ʿUṯmān al-Muṣḥafī.

Ese mismo año, otros dos acontecimientos externos pusieron de nuevo a prueba la ya frágil estabilidad del Califato. Por un lado, en Sevilla, una multitud protagonizó el asalto a la prisión local exigiendo la liberación de varios notables encarcelados, en un episodio que fue reprimido con dureza por las autoridades30. Al mismo tiempo, en la frontera cristiano-andalusí, el nuevo conde de Castilla, Garci Fernández, atacó el castillo de Deza aprovechando que la mayoría de las tropas andalusíes estaban desplazadas en el Magreb. Sin embargo, el noble castellano acabó derrotado por los musulmanes.
En el 975, la salud de al-Ḥakam II estaba cada vez más deteriorada. Por consejo de sus médicos tuvo que ser trasladado a Córdoba, ya que el clima de Medina Azahara era frío. Aprovechando esta coyuntura, las tropas castellanas atacaron Gormaz y el general Gālib, al mando de tropas cordobesas, fronterizas y voluntarios de la fe, las combatió y las derrotó.
Muerte y descendencia
En febrero del 976, ante las pretensiones al trono de al-Mugīra y a causa del empeoramiento de la salud de al-Ḥakam II, se celebró la bayʿa31 o juramento de heredero de Hishām, quien a la sazón tenía 11 años, para asegurarle la sucesión y su reconocimiento como futuro califa.
Ocho meses después, el 1 de octubre del 976, moría al-Ḥakam II a los 61 años víctima de las complicaciones de su hemiplejía32.
Entonces fue cuando dos fityān (servidores de la corte), Fāʾiq al-Mustanṣirī al-Niẓāmī33 y Ŷawḏar34, decidieron organizar una conjura para poner a al-Mugīra como nuevo califa frente a Hishām (quien conservaría el estatus de príncipe heredero) a cambio de ser elegidos como ministros. Sin embargo, la conjura fue descubierta e Ibn Abī ʿĀmir y Yaʿfar b. ʿUṯmān al-Muṣḥafī decidieron actuar y plantear el caso ante el consejo de notables, el cual decidió unánimemente condenar a muerte a al-Mugīra.
Así, ese mismo día, al-Mugīra fue capturado y llevado al Alcázar de Córdoba, donde fue inmediatamente ejecutado35. Fāʾiq y Ŷawḏar fueron también castigados por su implicación.
La muerte de al-Mugīra no solo solucionó un problema dinástico, sino que permitió a Ibn Abī ʿĀmir consolidar su posición como figura de poder en la corte cordobesa. Con este acto, el visir logró neutralizar las posibles alianzas que al-Mugīra pudiera haber tejido, especialmente con grupos como los ṣaqāliba, cuya lealtad era volátil y dudosa, a la par que se apoyaba firmemente en otros grupos como los bereberes o los miembros de su propia familia, los amiríes.
A partir de entonces, Ibn Abī ʿĀmir se erigió como el nuevo hombre fuerte del Califato y el auténtico valí (valido) del futuro califa Hishām II.
Bibliografía y recursos web
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- Otra fecha de su posible nacimiento es el día 20 de enero, que propone el arabista Joaquín Vallvé. Véase Vallvé Bermejo, Joaquín (2003), Abderramán III: califa de España y Occidente, Ariel, p. 18. ↩
- Vallvé Bermejo, Joaquín (2003); op. cit., p. 20. ↩
- Muchos creían que el príncipe era homosexual debido a su abstinencia sexual y a que cuidaba mucho su vida más privada. ↩
- Gālib ibn ʿAbd al-Raḥmān (c. 900-981) fue uno de los más destacados generales del Califato de Córdoba. De origen eslavo, obtuvo su libertad bajo el reinado de ʿAbd al-Raḥmān III y ascendió rápidamente en la jerarquía militar. Sirvió con distinción a los tres primeros califas omeyas, destacándose en las campañas contra los reinos cristianos del norte y en la defensa de las fronteras. Alcanzó su mayor prestigio durante el mandato de al-Ḥakam II y murió en combate en Torrevicente (Soria) en el año 981. Véase Merouac, Mohamed (1990), «La biographie de Galib…», Al-Qantara, XI (1), pp. 95-112. ↩
- Hubo dírhems de gran módulo, de diámetro mayor al habitual, posiblemente acuñados para conmemorar las victorias omeyas en el Magreb. ↩
- «Dinar de al-Ḥakam II 360 H», We are Numismatics. ↩
- Una fuente afirma que promovió la construcción de unas 25 escuelas coránicas gratuitas para gente pobre. ↩
- El conflicto con el Reino de León se originó por la reclamación de diez castillos que Sancho I el Craso se había comprometido a entregar al califa ʿAbd al-Raḥmān III en virtud de un pacto previo. En el caso del Reino de Navarra, la tensión surgió cuando el rey García Sánchez se negó a liberar al conde de Castilla, Fernán González, quien permanecía prisionero en Pamplona. Ambos monarcas cristianos justificaron el incumplimiento de sus compromisos alegando que los acuerdos habían perdido validez tras la muerte del califa ʿAbd al-Raḥmān III, lo que evidenciaba una estrategia diplomática para desmarcarse de las obligaciones adquiridas con el poder omeya. ↩
- Ordoño IV de León, apodado «el Malo», fue rey del Reino de León entre 958 y 960, en un periodo marcado por intensas luchas dinásticas y la inestabilidad política. Hijo de Alfonso IV el Monje y de la princesa navarra Onneca Sánchez, accedió al trono tras ser impulsado por el conde Fernán González, quien lo utilizó como instrumento para debilitar a Sancho I. Su reinado fue breve y turbulento, caracterizado por su escasa habilidad política, falta de liderazgo y una personalidad descrita por las crónicas como mezquina y poco carismática. Incapaz de consolidar apoyos entre la nobleza, fue depuesto y obligado a buscar refugio en Córdoba, donde murió en el exilio hacia 962 o 963, tras implorar sin éxito ayuda militar al califa al-Ḥakam II para recuperar el trono. ↩
- No se sabe si fue por suicidio o, como creen algunos estudiosos, posiblemente a causa de un envenenamiento ordenado por su exesposa Urraca Fernández, hija de Fernán González, conde de Castilla. ↩
- Camacho, Cristina y Valera, Rafael (2022), Historia y arqueología de la vida en Al-Ándalus, Editorial Almuzara, Córdoba, p. 51. ↩
- Nicolle, David (2000), «Moors against Majus», Osprey Publishing [consultado el 27/09/2025]. ↩
- Simón, Elisa, «Mihrab de la Mezquita de Córdoba», blog De al-Ándalus a Sefarad [consultado el 27/09/2025]. ↩
- Según reza la inscripción del miḥrāb. Véase Simón, Elisa, «Mihrab de la Mezquita de Córdoba», art. cit. ↩
- Merouac, Mohamed (1990), «La biographie de Galib…», Al-Qantara, XI (1), pp. 100-102. ↩
- Véase De Villar Iglesias, José Luis (2020), «Los aspectos económicos en la batalla por el Magreb…», Espacio Tiempo y Forma. Serie III, Historia Medieval, 33 (2020), pp. 653-676. ↩
- Incluso encargó a un obispo de Gerona la realización de una Historia de los Francos que pasó después a formar parte de la biblioteca cordobesa. ↩
- Se cuenta que dispuso de una legión de encuadernadores, bibliotecarios y, sobre todo, copistas, entre ellos cien mujeres, de las que destacó Lubnà. ↩
- Diplomático y médico de origen judío fallecido en el 970, sirvió como médico de la corte bajo los reinados de ʿAbd al-Raḥmān III y al-Ḥakam II. Tradujo al árabe el De materia medica de Dioscórides. Véase Elia, Ricardo H. (2006), «Dioscórides rescatado por los andalusíes», Estudios de Historia de España, VIII (2006), pp. 88-92. ↩
- Pionero de la cirugía, autor del tratado Al-Taṣrīf, que describía más de 200 instrumentos quirúrgicos y técnicas médicas avanzadas. Su obra fue traducida al latín y utilizada en Europa hasta el siglo XVII. ↩
- Astrónomo y matemático nacido en Madrid, introdujo el sistema decimal y mejoró las tablas astronómicas de al-Jwārizmī. Fundó una escuela científica que influiría en pensadores como Averroes. ↩
- Médico y farmacólogo, autor del tratado Kitāb al-Ṭabaqāt al-aṭibbāʾ, una obra sobre médicos antiguos y contemporáneos que sistematizó el saber grecoislámico. Conoció a Ibn Shaprūṭ y a su escuela. ↩
- Véase Camacho, Cristina y Valera, Rafael (2022), Historia y arqueología de la vida en Al-Ándalus, Editorial Almuzara, Córdoba, pp. 113-114. ↩
- Eunuco liberto, no debe confundirse con Yaʿfar b. ʿUṯmān al-Muṣḥafī. Toma su segundo nombre del califa ʿAbd al-Raḥmān III, a quien sirvió ocupando varios puestos como responsable de la fábrica de tejidos (Dār al-Ṭirāz) y ḥāŷib. Bajo al-Ḥakam II continúa ejerciendo estos cargos hasta que el califa lo nombra director de las obras de ampliación de la Mezquita de Córdoba, encargándose de la construcción del famoso miḥrāb. Su nombre aparece hasta cuatro veces mencionado en la obra omeya. También suya es la llamada Casa de Ŷaʿfar en Medina Azahara, una de las mejor conservadas del recinto arqueológico andalusí. Véase Manzano Moreno, Eduardo (2019), La corte del califa. Cuatro años en la Córdoba de los Omeyas, Crítica: Serie Mayor, Barcelona. ↩
- López Márquez, José Manuel (2013), «El háyib Yafar», blog Numespa.es [consultado el 27/09/2025]. ↩
- Por ejemplo, no podían montar a caballo sino en mulo o burro y tenían que vestir un turbante o fajín identificativo de color azul. ↩
- Gómez Muñoz, Guadalupe (2011), «Los mozárabes en la Serranía de Córdoba», conferencia. Jornada en Defensa de los Caminos, X Aniversario de la Plataforma A Desalambrar, Sala Victoria, Córdoba, 6 de noviembre de 2011 [consultado el 27/09/2025]. ↩
- Dado que al-Ḥakam II tuvo un periodo de abstinencia sexual hasta que fue califa y se casó en el 961, se dice que pudo ser homosexual y que incluso gustaba ver travestida de hombre (ġulāmiyya) a su primera novia, Ṣubḥ, a quien llamó también Ŷaʿfar. Véase Marín, Manuela (1997), «Una vida de mujer: Subh», en Biografías y género biográfico en el occidente islámico, coord. M.ª Luisa Ávila Navarro, pp. 425-445. ↩
- Demichelis, Marco (2022), «Musulmanes en Saint Tropez: al-Ándalus fuera de al-Ándalus. Datos históricos, narrativas y dudas sobre Ŷabal al-Qilāl», Revista Digital Al-Ándalus y la Historia [consultado el 23/09/2025]. ↩
- No se conocen los motivos de tal revuelta; quizás una reacción de las familias tradicionales que se sentían desplazadas por los muladíes y bereberes, o bien algún tema relacionado con las leyes o la fiscalidad. ↩
- La bayʿa (en árabe: البيعة) era el acto de juramento de fidelidad que legitimaba el poder de un gobernante en el mundo islámico, incluido al-Ándalus. Aunque su origen es religioso —la comunidad musulmana juraba lealtad al líder como guía político y espiritual—, en el contexto andalusí adquirió un carácter político y ceremonial, especialmente en la sucesión califal. Se realizaba en el alcázar califal de Córdoba, en presencia del califa saliente (si estaba vivo), sus ministros y representantes de los distintos cuerpos del Estado. ↩
- Posiblemente un infarto al corazón, dado que había presentado dolores en el pecho meses antes. ↩
- Como cuenta Sophie Makariou, Fāʾiq era liberto, hombre culto y de letras. Fue hermano de Ṣubḥ y, por tanto, tío de Hishām. Bajo el califato de al-Ḥakam II se convirtió en su esclavo favorito. Vivió en el ala oeste del palacio de Medina Azahara. Fue también responsable del taller real encargado de producir productos de lujo para la corte. Véase Makariou, Sophie (2010), «The Al-Mughira Pyxis and Spanish Umayyad Ivories: Aims and Tools of Power», en Umayyad Legacies. Medieval Memories from Syria to Spain, Brill, pp. 313-335 [consultado el 23/09/2025]. ↩
- Ŷawḏar era liberto y, como Fāʾiq, participó en los protocolos relativos a la fiesta de la corte. Parece que participó en el viaje que llevó a un enfermo al-Ḥakam II de Medina Azahara a Córdoba. Makariou, Sophie (2010), art. cit. ↩
- Según cuenta Sophie Makariou, al-Mugīra aceptó de mala gana la propuesta de los dos libertos. Pese a ello, la aceptó. Descubierta la conjura, fue ejecutado por estrangulamiento ante sus mujeres y, ya muerto, se le colgó en la habitación simulando un suicidio. Posteriormente fue enterrado en aquella estancia, la cual fue tapiada. Makariou, Sophie (2010), art. cit. ↩
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