El Verraco de Tabera de Abajo: Testimonio Lítico de la Cultura Vetona

La Biografía de un Monumento

En el vasto y ondulado paisaje de la dehesa salmantina, lejos de los circuitos turísticos convencionales y de los muros de los museos, yace un testigo silente de la protohistoria ibérica: el verraco de Tabera de Abajo. Este imponente toro de granito, ubicado en la Dehesa de Berrocal de Padierno, representa uno de los ejemplos más elocuentes de la escultura vetona. Más que una reliquia estática de la Edad del Hierro, esta escultura se presenta como un artefacto cultural dinámico tallado que ha acumulado capas de significado a lo largo de más de dos milenios. Se erige como un testigo de la transición desde la cosmovisión prerromana de los vetones hasta la posterior cristianización del paisaje, narrando una historia de continuidad cultural, conflicto y síntesis que las fuentes escritas solo pueden aludir.

El verraco de Tabera de Abajo es posiblemente uno de los ejemplos más significativos de su clase, no por su fama literaria o política, sino por la explícita evidencia física de su resignificación. La presencia simultánea de cazoletas precristianas y de una cruz cristiana posterior en su lomo proporciona un registro único y tangible de sincretismo religioso y apropiación cultural. Su análisis, por tanto, ofrece un microcosmos del diálogo a largo plazo entre los sistemas de creencias paganos y el cristianismo en la Hispania rural.


El testimonio en piedra de los vetones

I: El Contexto Histórico-Arqueológico: El Pueblo Vetón

Para comprender el significado profundo del verraco de Tabera de Abajo, es imprescindible sumergirse en el mundo de sus artífices. La escultura no es un capricho artístico, sino el producto lógico y necesario de la cultura, la economía y la organización social del pueblo vetón.

1.1. Geografía y Cronología: La Cultura de Cogotas II

Los vetones fueron un pueblo prerromano, probablemente de origen celta e indoeuropeo, que habitó el sector occidental de la Meseta entre los ríos Duero y Tajo. Su territorio, a menudo llamado Vettonia, abarcaba las actuales provincias de Salamanca, Ávila, Cáceres y partes de Zamora y Toledo, extendiéndose también a la región portuguesa de Trás-os-Montes. La distribución geográfica de los más de 400 verracos documentados coincide de manera casi perfecta con esta área, convirtiendo a estos monumentos en su marcador cultural más distintivo y definitorio.

Su cultura material, que floreció desde aproximadamente el siglo V a.C. hasta su gradual romanización después del siglo II a.C., es conocida por los arqueólogos como "Cogotas II" o "cultura de los verracos". Esta surgió como una evolución de la cultura preexistente de la Edad del Bronce Final, denominada "Cogotas I", sobre la que influyeron las progresivas llegadas de poblaciones indoeuropeas. Es fundamental entender que no se trató de una simple sustitución de poblaciones, sino de un complejo proceso de evolución cultural interna y de influencias externas.

1.2. Una Economía de Ganado y Tierra

La economía vetona era eminentemente ganadera. El ganado, especialmente el bovino, porcino y ovicaprino, no solo constituía la base de su subsistencia, sino también la principal fuente de riqueza, prestigio y poder social. Esta actividad pastoril se complementaba con una agricultura de cereales como el trigo y la cebada, la recolección de frutos silvestres como la bellota —un alimento muy consumido— y una notable metalurgia del hierro y el bronce. El registro arqueológico ha revelado una variedad de herramientas metálicas que sugieren la existencia de profesiones especializadas relacionadas con la madera y la agricultura.

La sociedad vetona estaba organizada de manera jerárquica, con una aristocracia guerrera en la cúspide. El poder de esta élite emanaba directamente del control sobre los rebaños y las tierras de pasto. La creación de más de 400 esculturas de piedra a gran escala, como los verracos, representó una inversión masiva de trabajo y recursos para estas comunidades. Dicha inversión no puede explicarse únicamente por el sentimiento religioso; debe interpretarse como una estrategia política y económica de la élite gobernante. Al erigir estos monumentos permanentes y muy visibles en territorios pastorales clave, la élite reclamaba física y simbólicamente la tierra y el ganado, las fuentes mismas de su poder.

En este contexto, los verracos funcionaban como instrumentos de una economía política. En una sociedad donde los toros y los cerdos eran la medida de la riqueza, erigir un monumental toro de piedra era una declaración pública y permanente del "capital" de una comunidad o de su linaje gobernante. Era una forma de convertir la riqueza móvil y perecedera (el ganado) en un capital simbólico, inamovible e imperecedero (el monumento), marcando económicamente el derecho de uso y control sobre los recursos —pastos y agua— necesarios para mantener esa riqueza.

1.3. Los Oppida: Centros Fortificados de Poder

La vida vetona se articulaba en torno a grandes asentamientos fortificados situados en lugares elevados, conocidos como castros u oppida. Lejos de ser simples aldeas, eran verdaderos centros protourbanos que podían albergar a miles de habitantes y extenderse por decenas de hectáreas, como los de Las Cogotas o Ulaca en Ávila. Estaban defendidos por imponentes murallas de piedra en seco, de factura ciclópea, a menudo complementadas con fosos y con los característicos "campos de piedras hincadas", hileras de rocas afiladas plantadas frente a los muros para neutralizar los ataques.

La compleja organización interna de estos oppida, con barrios diferenciados, talleres artesanales y posibles santuarios, revela una sociedad estratificada y bien organizada. La existencia de estas formidables defensas evidencia un estado de conflicto endémico. Los verracos se encuentran íntimamente ligados a estos centros de poder: a veces se colocaban en sus puertas, como guardianes del acceso, y otras veces en los territorios de pasto que el castro controlaba. La lógica es clara: el castro protegía a las personas; el verraco protegía su sustento.


El verraco en su contexto original

II: El Verraco de Tabera de Abajo: Perfil Físico y Arqueológico

El ejemplar de Tabera de Abajo destaca no solo por su historia inscrita, sino también por sus características físicas y, sobre todo, por su emplazamiento, que constituye una pieza clave de evidencia para la interpretación funcional de estos monumentos.

2.1. Procedencia y Ubicación: Un Monumento en su Paisaje

El verraco se encuentra en el término municipal de Tabera de Abajo, Salamanca, dentro de la Dehesa de Berrocal de Padierno. Sus coordenadas geográficas precisas son 40°57′14.28″ N, 5°59′28.60″ O. Es accesible a través de un camino público, la Vereda de los Mártires, que atraviesa la finca privada. Su ubicación remota y su permanencia en el paisaje original son de una importancia capital. A diferencia de otros verracos célebres, como el del Puente Romano de Salamanca, el de Tabera de Abajo se mantiene in situ, o muy próximo a su lugar de origen.

Su presencia en una dehesa, un ecosistema agrosilvopastoril por excelencia, lo vincula de manera inextricable con la economía ganadera vetona. Esta conexión física refuerza poderosamente la teoría funcionalista de que los verracos servían como marcadores y protectores de recursos esenciales como pastos y fuentes de agua. El aislamiento del monumento ha sido un factor clave en su excelente estado de conservación, preservando una autenticidad contextual que se pierde irremediablemente cuando un artefacto es musealizado. El poder del monumento emana de su arraigo en el paisaje.

2.2. Análisis Físico y Morfológico

La escultura es una figura zoomorfa que representa inequívocamente a un toro, tallada en un único y gran bloque de granito local. Se trata de una obra de gran formato, de 257 cm de longitud, 135 cm de altura y 50 cm de anchura. La figura se apoya sobre un pedestal integrado de 14 cm de altura que forma parte de la misma pieza.

Estilísticamente, ha sido clasificado como de "Tipo 1", categoría que agrupa a los verracos de grandes dimensiones. Más específicamente, se adscribe al "subgrupo (c)", que se distingue por una labra más esquemática, un cuello notablemente corto (0,41 m incluyendo la cabeza) y, de forma particular, por la representación de las cuatro patas como dos gruesos bloques cilíndricos sin separar. La cabeza termina en un plano ancho y liso, con una simple línea que indica la boca y una corta papada. La escultura también muestra la indicación de los testículos y los corvejones, subrayando su naturaleza masculina.

El monumento presenta una serie de marcas incisas que lo convierten en un documento arqueológico de primer orden. Presenta diez líneas verticales en la paletilla derecha, que han sido interpretadas como marcas de propiedad o "verdugones", y una posible marca en el anca del mismo lado, descrita como una marca de ganadería. Esta última marca podría ser una representación simbólica de propiedad o afiliación, vinculando el monumento —y por extensión, el territorio que supervisa— a un clan o linaje aristocrático específico. Esto transforma la escultura de un icono religioso genérico en una declaración de poder y control de élite sobre los recursos, un emblema protoheráldico de su dominio.

2.3. Cronología y Estado de Conservación

El verraco se data en un amplio arco cronológico que abarca desde el siglo IV hasta el siglo II a.C., coincidiendo con el apogeo de la cultura vetona. Su estado general de conservación se califica como bueno, un hecho notable para un monumento expuesto a los elementos durante más de dos milenios, y que contrasta con el de otras esculturas similares, como el verraco del puente de Salamanca, que presenta la cabeza rota y el cuerpo partido.


Marcas y señas de identidad

III: El Enigma Funcional de los Verracos: Un Debate Abierto

El significado y la función exacta de los verracos siguen siendo uno de los grandes enigmas de la protohistoria ibérica. Lejos de existir una única explicación universalmente aceptada, la evidencia arqueológica sugiere que estas esculturas eran un símbolo poderoso y polivalente. Es probable que desempeñaran múltiples funciones que, además, pudieron haber evolucionado con el tiempo. Las investigaciones han propuesto varias hipótesis principales que no son necesariamente excluyentes.

3.1. Interpretaciones Funcionalistas y Territoriales

Una de las teorías más sólidas y extendidas es que servían como marcadores territoriales. Su función sería la de delimitar territorios tribales, pastos comunales (dehesas) o rutas importantes como las vías pecuarias (cañadas). La ubicación de muchos ejemplares en puntos elevados con alta visibilidad, cerca de fuentes de agua y pastizales, respalda esta idea. Los famosos Toros de Guisando, por ejemplo, se encuentran cerca de la Cañada Real Leonesa Oriental, lo que apoya esta visión.

Estrechamente relacionada está la idea de que eran figuras apotropaicas, guardianes mágicos destinados a proteger los rebaños de enfermedades y depredadores, así como a asegurar su fertilidad. Esta interpretación se alinea perfectamente con la centralidad económica del ganado para los vetones. La instalación de estos guardianes de piedra sería una forma de afianzar y legitimar el derecho de una comunidad sobre esas tierras y sus recursos.

Finalmente, algunos verracos, particularmente del período tardío ya romanizado, fueron reutilizados o creados como monumentos funerarios. Estos ejemplares a menudo llevan inscripciones funerarias latinas, lo que indica que fueron apropiados por las élites para conmemorar a sus difuntos, funcionando como cupae (coronación de tumbas) y protectores de las almas.

3.2. Interpretaciones Mitológicas y Religiosas

Desde una perspectiva religiosa, las esculturas podrían ser representaciones directas de dioses zoomorfos o bien ofrendas a deidades que protegen a la comunidad y sus rebaños. El toro y el jabalí eran animales con una enorme carga simbólica en la mitología celta e indoeuropea, asociados a la fuerza, la fertilidad y la guerra.

Una interpretación más sofisticada, avanzada por académicos como Martín Almagro-Gorbea, postula que el verraco era la visualización física del Numen loci, el espíritu tutelar del lugar. Desde este punto de vista, el verraco no es solo un guardián de la tierra, sino la encarnación del poder sagrado de esa tierra. Actúa como un "Padre, Patrono y Protector de la comunidad", una entidad ctónica y solar que garantiza la prosperidad y el bienestar.

Esta teoría del Numen loci sintetiza elegantemente los aspectos funcionalistas y religiosos. La tendencia académica moderna a separar las interpretaciones "funcionales" y "religiosas" es probablemente una proyección anacrónica de nuestra propia cosmovisión secular. Para los vetones, la sacralidad de la tierra, la fertilidad de los rebaños y los límites de su territorio eran conceptos inseparables. El verraco como Numen loci encarna esta unidad: marca el territorio porque es el poder sagrado de ese territorio. Su poder para marcar un límite derivaba directamente de su percibido poder sagrado para protegerlo.

IV: Resignificación y Sincretismo en el Verraco de Tabera

Las características más definitorias del verraco de Tabera de Abajo son las marcas superpuestas en su lomo, que demuestran que no fue abandonado tras la conquista romana, sino que permaneció como un potente foco de actividad ritual durante siglos. Su superficie es un documento diacrónico donde se pueden leer al menos tres capas culturales distintas.

4.1. La Creación Original y las Cazoletas Precristianas

La primera capa es su creación original vetona (siglos IV-II a.C.), que encarna las creencias y la cosmovisión de un pueblo protohistórico. La segunda capa, de datación incierta pero posterior, está representada por las siete cazoletas o marcas cupulares talladas en su lomo. Se trata de pequeñas oquedades semiesféricas cuyo significado es muy debatido, pero que se encuentran en contextos sagrados por toda la Europa prehistórica. Las hipótesis sobre su función van desde receptáculos para ofrendas (libaciones de leche o sangre) hasta marcadores astronómicos o símbolos de fertilidad.

La presencia de exactamente siete cazoletas es poco probable que sea aleatoria, dado el peso simbólico de este número en muchas culturas antiguas. Su colocación deliberada en la parte más sagrada del cuerpo del animal (el lomo) indica una función ritual que precede a la cruz, añadiendo una capa anterior de resignificación pagana al monumento. Sugieren que se llevó a cabo una práctica ritual sofisticada utilizando el verraco como altar o punto focal, mucho antes de que se añadiera el símbolo cristiano.

4.2. El Acto de Cristianización: La Cruz

La tercera capa es inequívocamente posterior: la cruz cristiana grabada en su espalda. Este es un acto deliberado e inequívoco de apropiación religiosa, una práctica común en toda Europa donde la Iglesia buscaba neutralizar el poder de los lugares de culto paganos (loca sacra) superponiendo su propio símbolo más poderoso sobre ellos. Este acto cumplía un doble propósito: por un lado, "domesticaba" el poder pagano del monumento, haciéndolo seguro para una población cristiana; por otro, absorbía su antigua santidad e importancia local en la nueva fe, anclando el cristianismo en el paisaje.

El verraco de Tabera de Abajo posee así una "biografía" en tres etapas grabada en su superficie. La Etapa 1 es la creación vetona original. La Etapa 2 es la adición de las cazoletas, que indica su uso en un contexto religioso popular diferente pero aún pagano, quizás durante los períodos romano o visigodo. La Etapa 3 es el grabado de la cruz, que representa la "conquista" final del monumento por el cristianismo durante la Edad Media. Este acto no fue meramente decorativo; fue una declaración en un conflicto ideológico. La cruz es evidencia no de la irrelevancia del monumento, sino de su poder perdurable. Era tan importante para la religión popular local que la Iglesia no podía simplemente ignorarlo; tuvo que ser confrontado y asimilado directamente. La presencia de la cruz es, paradójicamente, la prueba de la inmensa y duradera significación espiritual del verraco en la imaginación popular, mucho después de que los vetones hubieran desaparecido.


El verraco cristianizado

V: El Verraco en el Paisaje Cultural Salmantino: Análisis Comparativo

El verraco de Tabera de Abajo no es una pieza aislada. Forma parte de un rico y denso paisaje arqueológico en la provincia de Salamanca, uno de los territorios centrales de la cultura vetona. Su comparación con otros ejemplares provinciales permite aquilatar su carácter único.

5.1. Crónica de dos toros: Tabera de Abajo frente al Verraco del Puente

El verraco más famoso de la provincia es el "Toro del Puente", a la entrada del Puente Romano de Salamanca. La comparación revela dos destinos radicalmente distintos. El verraco del puente está gravemente dañado y descontextualizado. Su fama es literaria, gracias al Lazarillo de Tormes, y hoy es un icono cívico, integrado en el escudo de la ciudad. El verraco de Tabera de Abajo, en cambio, es un monumento arqueológico cuyo valor reside en su excepcional conservación y en la autenticidad de su contexto. El primero nos habla de cómo una ciudad ha dialogado con su pasado; el segundo nos habla directamente de los vetones.

5.2. Una Constelación de Monumentos

La comparación puede extenderse a otros monumentos vetones clave. Los Toros de Guisando, por ejemplo, fueron politizados, sirviendo como telón de fondo para un importante tratado histórico en 1468. La tabla comparativa revela tres "vidas posteriores" distintas: el verraco de Salamanca fue urbanizado y literario; los de Guisando fueron politizados; y el de Tabera de Abajo, de manera única, permaneció incrustado en su contexto rural y religioso. Su historia se cuenta no a través de textos o tratados, sino a través de la acumulación de símbolos sagrados en su propia superficie. Esto lo convierte, posiblemente, en el más elocuente en cuanto a revelar sistemas de creencias a largo plazo, proporcionando un registro más directo y continuo de la creencia religiosa popular desde la Edad del Hierro hasta la Edad Media.

El verraco como parte del paisaje vetón

VI: Estatus Patrimonial y Legado: El Monumento en la Actualidad

El verraco fue documentado por el arqueólogo e historiador de principios del siglo XX, César Morán Bardón, lo que establece su reconocimiento de larga data dentro de la arqueología española. Sin embargo, su protección legal presenta una situación compleja.

A pesar de su clara importancia, no parece contar con una declaración específica e individual de Bien de Interés Cultural (BIC). No obstante, se beneficia de una potente protección genérica. La Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español, basándose en decretos anteriores como el Decreto 571/1963, otorga protección automática a "piezas similares de interés histórico-artístico". Bajo este marco, todas estas esculturas prerromanas se consideran de jure Bienes de Interés Cultural, incluso sin un expediente individual, lo que significa que cualquier alteración estaría sujeta a las más altas sanciones legales.

Este monumento existe, por tanto, en una "paradoja de protección": está legalmente protegido al más alto nivel por un decreto genérico, pero la falta de un expediente BIC específico significa que puede ser pasado por alto en los planes de gestión del patrimonio, las iniciativas turísticas y las asignaciones de fondos. Es legalmente seguro pero administrativamente oscuro, una situación que podría obstaculizar su conservación activa y promoción a largo plazo. Actualmente, permanece en la finca privada pero es accesible, y su preservación depende de la colaboración entre los propietarios y las autoridades.

Conclusión: La Presencia Perenne del Guardián de Piedra

El Verraco de Tabera de Abajo es mucho más que una antigua escultura. Es un documento histórico de múltiples capas, un ancla física para la cosmovisión del pueblo vetón y un testimonio material de la profunda relación que existía entre un pueblo, su ganado y su tierra. Su capacidad única para integrar símbolos de diferentes épocas lo convierte en un libro que narra la larga historia de la Meseta.

Mientras que otros verracos han sido transformados en iconos culturales o en piezas de museo, el toro de Berrocal de Padierno conserva una autenticidad casi intacta. Su silenciosa y perenne presencia en la dehesa, vigilando los mismos pastos que vigiló hace más de dos milenios, ofrece una ventana extraordinariamente genuina a la protohistoria de Iberia. Permanece como un guardián poderoso, no ya de un rebaño, sino de la memoria de un mundo perdido.

Cronología

  • Orígenes y la Segunda Edad del Hierro (Época Prerromana):
    • Las raíces culturales que dieron origen a la figura del verraco se atisban ya en el Bronce Pleno y Tardío.
    • Según la clasificación tipológica de J. Álvarez-Sanchís (1999), las piezas pertenecientes a los Tipos I y II se adscriben a la Segunda Edad del Hierro.
    • En este periodo, la función principal de los verracos parece haber sido la de marcadores territoriales, protectores del ganado (función apotropaica) y símbolos de identidad para la comunidad vettona.
    • Hallazgos in situ en yacimientos como Chamartín de la Sierra o Las Cogotas sugieren su vinculación con las actividades ganaderas y la protección de los poblados fortificados.
  • Periodo de Conquista Romana (Transición, Siglos II-I a.C.):
    • Durante esta fase, se elaboraron verracos de menor tamaño (alrededor de 1 metro) y más esquemáticos.
    • Se postula que la continuidad de su producción durante la conquista romana pudo ser una estrategia para mantener el sentimiento de identidad vettona frente al invasor romano.
  • Plena Época Romana (Antigüedad, Siglo I d.C. en adelante):
    • La producción de verracos continuó en este periodo. Los Tipos III, IV y V de la clasificación de Álvarez-Sanchís datan de la Antigüedad romana.
    • La mayoría de los verracos conocidos actualmente corresponden a la Serie 'c' y datan de los siglos I-II d.C.
    • En esta etapa, se observa una evolución en su función: algunos verracos fueron reutilizados como monumentos funerarios (cupae) e incluso incorporaron inscripciones funerarias latinas.
    • Persistencia y resiliencia: La producción se mantuvo, tendiendo a formas más reducidas y esquemáticas, facilitando su distribución.

Bibliografía

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