El equipamiento de los soldados romanos que conocieron a Jesús
Equipamiento militar y contexto histórico de las tropas romanas en Galilea, Samaria y Judea durante el principado de Tiberio (14-37 d.C.)
Resumen
La imagen cinematográfica y procesional del soldado romano que participó en la Pasión de Cristo suele basarse en el legionario imperial de finales del siglo I o II d.C., con su característica armadura de placas segmentadas (lorica segmentata) y su escudo rectangular. Esta representación constituye un anacronismo, por lo que examinamos la evidencia histórica y arqueológica para reconstruir con rigor el equipamiento y la identidad de los soldados que Jesús de Nazaret encontró a lo largo de su vida: los legionarios romanos que pudo ver durante sus viajes por Galilea y Samaria, y las tropas auxiliares que operaban en Jerusalén y que finalmente ejecutaron su sentencia. El análisis revela que estos últimos no eran legionarios romanos de Italia, sino tropas auxiliares reclutadas entre las poblaciones gentiles de la región —principalmente samaritanos y sirios de las ciudades de Sebaste y Cesarea—, cuya hostilidad étnica y religiosa hacia los judíos proporciona un contexto esencial para comprender ciertos episodios narrados en los evangelios.
(Fotografía de José Gabriel Zurera)
1. Introducción: desmitificando al soldado de los evangelios
Durante la época de Jesús (ca. 4 a.C. – 30/33 d.C.), no había ninguna legión romana estacionada permanentemente en Jerusalén. Esta afirmación, que puede resultar sorprendente para quienes han crecido con las representaciones populares de la Pasión, constituye el punto de partida necesario para cualquier análisis riguroso del contexto militar de los evangelios.
Jerusalén pertenecía a la prefectura de Judea, un distrito satélite de la provincia de Siria. Los gobernadores romanos, como Poncio Pilato (26-36 d.C.), no residían en la Ciudad Santa sino en Cesarea Marítima, la capital administrativa de la prefectura. La guarnición permanente de Jerusalén, alojada en la Fortaleza Antonia, estaba compuesta exclusivamente por tropas auxiliares (auxilia), no por legionarios.
Sin embargo, la vida de Jesús no se limitó a Judea. Los evangelios narran viajes por Galilea, donde residía habitualmente, y por Samaria, territorio de tránsito entre el norte y Jerusalén. En estas regiones, el panorama militar era diferente: las grandes rutas comerciales y estratégicas estaban vigiladas por destacamentos de las legiones sirias, y las fuerzas herodianas de Galilea seguían patrones organizativos distintos. Para reconstruir el mundo militar que Jesús conoció, debemos examinar ambos escenarios.
2. El viaje al norte: Galilea y Samaria
2.1. La sorpresa de la samaritana
El evangelio de Juan (4:1-42) narra un episodio revelador. Jesús, viajando de Judea a Galilea, atraviesa Samaria y se detiene junto al pozo de Jacob, cerca de Sicar. Allí entabla conversación con una mujer samaritana, que reacciona con asombro: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?» (Jn 4:9). El evangelista añade, a modo de explicación para sus lectores: «Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí».
Esta animosidad, que hundía sus raíces en mil años de conflicto religioso y étnico, tiene una dimensión militar que rara vez se subraya. Samaria —refundada por Herodes el Grande como Sebaste, en honor a Augusto— era precisamente la cantera de reclutamiento de las tropas auxiliares que guarnecían Jerusalén. Los soldados que años después humillarían y ejecutarían a Jesús en el Pretorio y el Gólgota procedían de esta misma región, de estas mismas familias. La sorpresa de la samaritana ante un judío que le dirigía la palabra civilizadamente cobra así una resonancia adicional: ella pertenecía al pueblo que proporcionaba los verdugos de Israel.
Sin embargo, cuando Jesús atravesó Samaria y continuó hacia Galilea, el paisaje militar que encontró era diferente al de Jerusalén. En estas regiones del norte, las grandes vías de comunicación —arterias comerciales y estratégicas del Imperio— estaban vigiladas por fuerzas de combate de naturaleza distinta.
2.2. El centurión de Cafarnaúm: un oficial diferente
Los evangelios sinópticos narran el encuentro de Jesús con un centurión en Cafarnaúm (Mt 8:5-13; Lc 7:1-10), cuya actitud contrasta notablemente con la hostilidad que encontraría en Jerusalén. Lucas especifica que este oficial «amaba a nuestra nación y nos edificó la sinagoga» (Lc 7:5), lo que sugiere que se trataba de un «temeroso de Dios» (phoboumenos ton theon), término técnico para designar a los gentiles simpatizantes del judaísmo que, sin convertirse, respetaban las creencias judías.
Este centurión probablemente servía en las tropas de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, quien mantenía su propio ejército modelado según patrones romanos pero compuesto por súbditos locales. También podría tratarse de un oficial de una vexillatio —un destacamento— de las legiones estacionadas en Siria, desplegado temporalmente en la región.
La distinción es relevante: mientras los auxiliares romanos de Judea eran mayoritariamente samaritanos hostiles a los judíos, las fuerzas del norte incluían una mayor diversidad étnica y oficiales con actitudes más favorables hacia la población local. El centurión de Cafarnaúm representa un tipo de soldado romano muy diferente al que Jesús encontraría en Jerusalén.
2.3. Las legiones de Siria y su presencia en el norte
Según el testimonio de Tácito (Annales 4.5), fechado hacia el año 23 d.C., cuatro legiones controlaban el Levante romano en tiempos de Tiberio:
Legio VI Ferrata: estacionada probablemente cerca de Laodicea, en Siria, con movilidad dentro del territorio sirio-palestino.
Legio X Fretensis: su ubicación exacta en los años 20-30 d.C. es debatida. Las fuentes la sitúan en Cirro (Cyrrhus) o en posiciones variables, posiblemente en Zeugma. Esta legión no establecería su cuartel general en Jerusalén hasta después de la destrucción del Templo en el año 70 d.C.
Legio III Gallica: probablemente en la región de Fenicia o Siria interior.
Legio XII Fulminata: en Raphanae, Siria.
Aunque estas legiones tenían sus cuarteles generales en Siria, pequeños destacamentos (vexillationes) patrullaban regularmente las rutas principales que conectaban Siria con Egipto a través de Palestina. La Via Maris, que atravesaba Galilea, era una de estas arterias estratégicas. Es muy probable que Jesús, en sus desplazamientos por el norte, viera a verdaderos legionarios romanos —distintos de los auxiliares de Jerusalén— custodiando estas vías o escoltando a funcionarios imperiales.
2.4. El equipamiento del legionario romano en época tiberiana
El legionario que Jesús pudo ver en Galilea o en las rutas del norte presentaba un aspecto que, aunque reconocible, difería del estereotipo cinematográfico basado en épocas posteriores. El equipo militar romano durante el principado de Tiberio se encontraba en una fase de transición entre los modelos tardorrepublicanos y los imperiales plenos.
La armadura corporal. La cuestión de qué armadura portaban los legionarios hacia el año 30 d.C. ha generado considerable debate historiográfico. Aunque la célebre lorica segmentata —la armadura de placas articuladas— comenzaba a introducirse, su presencia en Oriente en esta fecha temprana era limitada. Los hallazgos arqueológicos se concentran en Germania y en contextos ligeramente posteriores.
Si algún legionario de las vexillationes sirias portaba este tipo de armadura, sería el modelo temprano conocido como tipo Kalkriese, anterior al más elaborado tipo Corbridge. Carecía de las bisagras complejas de modelos posteriores y empleaba hebillas y correas de cuero internas.
Sin embargo, la mayoría de los legionarios en Oriente seguían equipados con lorica hamata, la cota de malla de tradición celta que Roma había adoptado siglos antes. Fabricada con anillos de hierro de aproximadamente 7 mm de diámetro, alternando anillos remachados y troquelados, esta armadura proporcionaba excelente protección contra tajos de espada y era más versátil que la segmentata en climas cálidos. Su uso entre centuriones era prácticamente universal.
El casco. El modelo «Imperial Itálico» con su amplio protector de nuca horizontal corresponde a épocas posteriores. En los años 30 d.C. predominaban tipologías más antiguas:
El tipo Coolus: de bronce, semiesférico, con un protector de nuca corto y angulado. Simple y funcional.
El tipo Montefortino tardío: aún en uso, aunque en declive, representaba la continuidad de modelos republicanos.
Formas protoimperiales de tradición gala (tipo Haguenau/Weisenau): comenzaban a introducirse, fabricadas en hierro con mejor protección facial y carrilleras (bucculae) más elaboradas. Estas formas evolucionarían hacia el casco Imperial Gálico en época de Claudio.
El escudo. El scutum legionario era rectangular y curvado en forma de teja (semicilíndrico). En época tiberiana, este modelo había sustituido ya definitivamente al escudo ovalado republicano. Estaba construido con tres capas de madera encolada —un contrachapado primitivo—, recubierto de lino y cuero, con bordes de bronce para resistir tajos de espada. El umbo central, una protuberancia de hierro o bronce, protegía la mano y podía emplearse ofensivamente para golpear al enemigo.

El armamento ofensivo. El legionario portaba el célebre pilum, una jabalina pesada diseñada para ser arrojada al inicio del combate. Su estructura —un astil de madera unido a una larga vara de hierro con punta piramidal— estaba concebida para atravesar el escudo enemigo y alcanzar al hombre que se protegía detrás, o doblarse por el peso del astil al impactar, inutilizando el escudo del adversario. La idea tradicional de que cada legionario portaba dos pila (uno pesado y uno ligero) está siendo revisada; la evidencia arqueológica e iconográfica sugiere que lo habitual en la época era portar uno solo.
La espada era el gladius tipo Maguncia (Mainz) o una variante tardía del Hispaniensis. Es crucial evitar el anacronismo del gladius tipo Pompeya, característico de finales del siglo I d.C. El modelo tiberiano presentaba una hoja ancha de aproximadamente 50-55 cm de longitud, con una ligera «cintura» (estrechamiento central) y una punta (mucro) extremadamente larga y afilada, diseñada para apuñalar (punctim) en combate cerrado.
El pugio, puñal de hoja ancha y foliácea, completaba el armamento. Era un arma de último recurso y un elemento de estatus, colgado del cingulum (cinturón militar) en el lado opuesto a la espada.
2.5. Sebaste: la cantera de los verdugos
Cuando Jesús atravesó Samaria, pasó cerca de Sebaste, la antigua ciudad de Samaria refundada por Herodes el Grande en honor a Augusto (Sebastos en griego). Este dato geográfico tiene una significación que trasciende lo anecdótico.
Sebaste era el principal centro de reclutamiento para las tropas auxiliares que guarnecían Judea. Herodes había establecido allí colonias de veteranos, otorgándoles tierras como recompensa por su servicio. Sus descendientes, junto con la población gentil de la ciudad y de Cesarea, constituían la reserva humana de la que Roma extraía los soldados para controlar Jerusalén.
Jesús, al caminar por Samaria, transitaba literalmente por la tierra de sus futuros verdugos. Los jóvenes que veía en los campos y las aldeas, los veteranos retirados que poblaban Sebaste, pertenecían a las mismas familias que enviaban a sus hijos a servir en la Fortaleza Antonia. La ironía del relato de Juan adquiere así una dimensión adicional: la mujer que se sorprende de que un judío le hable pertenece al pueblo que proporciona los soldados que humillarán y matarán a ese mismo judío.
3. Jerusalén: los soldados de la Pasión
3.1. Los Sebastenoi: soldados con un conflicto ancestral
En el juicio ante Pilato y en la ejecución del Gólgota no había «romanos de Roma», ni legionarios de las legiones sirias. Las tropas a disposición de Poncio Pilato eran regimientos de auxiliares (auxilia) reclutados localmente.
Según Flavio Josefo (Antigüedades Judías y Guerra de los Judíos), estas unidades auxiliares estaban compuestas por la población gentil de la provincia, principalmente samaritanos y sirios helenizados de Sebaste y Cesarea. Josefo menciona cinco cohortes desplegadas en Judea, entre ellas probablemente la Cohors I Sebastenorum o unidades similares.
Este factor cultural permite comprender la crueldad y la burla descritas en los evangelios. Los samaritanos, aunque adoraban al mismo Dios de Israel, mantenían su propio templo en el monte Gerizim y eran considerados por los judíos como un pueblo impuro. Esta hostilidad era recíproca y se manifestaba en episodios de violencia.
Un incidente particularmente revelador, narrado por Josefo (Guerra de los Judíos 2.224), ilustra la tensión existente: durante una Pascua, un soldado de la guarnición realizó un gesto obsceno hacia el Templo desde las murallas de la Fortaleza Antonia. La provocación desencadenó una revuelta que causó miles de muertos. Este episodio evidencia que los sebastenos no eran soldados indiferentes cumpliendo órdenes de una potencia lejana: tenían motivaciones personales para humillar a los judíos.
Para estos soldados, Jesús no era simplemente un alborotador más: era un «rey de los judíos», el blanco perfecto para canalizar su desprecio antijudío local. La corona de espinas, el manto púrpura y las genuflexiones burlescas (Mt 27:27-31; Mc 15:16-20; Jn 19:2-3) adquieren una dimensión adicional cuando se comprende que quienes las ejecutaban odiaban activamente a la nación que Jesús supuestamente representaba.
3.2. El equipamiento del auxiliar: la panoplia real de la Pasión
Vamos a describir el equipamiento correcto para reconstruir las escenas del Pretorio y el Gólgota, alejándose del legionario de placas que abunda en la imaginería procesional y cinematográfica.
La armadura. Los auxiliares vestían lorica hamata, cota de malla, como protección estándar. No llevaban armadura de placas segmentadas: esto constituye un anacronismo en Jerusalén para estas tropas. La hamata llegaba hasta medio muslo, pesaba entre 10 y 12 kilogramos, y presentaba hombreras dobles —una duplicación de la malla en los hombros sujeta con ganchos de bronce en el pecho—, características de los modelos de influencia céltica y republicana tardía.

El casco. De bronce, probablemente tipo Coolus o un derivado simple del Montefortino. Eran cascos sencillos, semiesféricos, con una pequeña visera frontal y un protector de nuca corto. Carecían de la protección sofisticada de orejas y nuca de los cascos legionarios de épocas posteriores.

El escudo. Aquí radica la diferencia visual más significativa respecto al legionario. Los auxiliares no portaban el scutum rectangular y curvado, sino escudos planos de forma ovalada o hexagonal alargada (clipeus). Estaban fabricados de madera laminada, canteados en bronce o cuero crudo, con una espina central de madera y un umbo metálico.

Esta diferencia no era casual: el scutum legionario estaba diseñado para formar un «muro» en la lucha en línea. El escudo ovalado de los auxiliares era más manejable para patrullar, escoltar y combatir en terrenos irregulares o en labores de policía, que era su función principal en Jerusalén.
La lanza. A diferencia del legionario, que iniciaba el combate lanzando el pilum, el auxiliar combatía y patrullaba con la hasta, una lanza de acometida robusta de aproximadamente dos metros con punta de hierro foliácea. Esta era el arma principal para el control de masas en las calles estrechas de Jerusalén. Algunas unidades de infantería ligera portaban también lanceae o veruta (jabalinas ligeras).
La espada. Llevada en el costado derecho, suspendida de un tahalí (balteus). En época tiberiana, los auxiliares aún empleaban el gladius (tipo Mainz o Hispaniensis), aunque gradualmente transitarían hacia la spatha (más larga) a finales de siglo. Para el año 30 d.C., el gladius es correcto.

El bastón del centurión. El oficial que comandaba la unidad portaba la vitis (vara de vid) como símbolo de rango y herramienta de castigo físico. Los soldados rasos no la llevaban.
3.3. Vestimenta y accesorios
La túnica. De lana o lino, en color crudo, blanco sucio o teñida de rojo. Conviene desterrar la idea de un «uniforme» rojo estandarizado: el tinte militar no era obligatorio ni uniforme entre los auxiliares, aunque las tonalidades rojizas o pardas eran frecuentes. Se llevaba corta, por encima de la rodilla.
El calzado. Las caligae eran sandalias militares claveteadas, diseñadas para proporcionar tracción en todo tipo de terrenos. El sonido de los clavos (clavi) contra el pavimento de piedra de Jerusalén era la señal auditiva de la ocupación romana.

El sagum. La capa rectangular de lana gruesa, sujeta con una fíbula en el hombro derecho. Es históricamente plausible que la «túnica inconsútil» de Jesús, mencionada en Juan 19:23-24, fuera sorteada mientras los soldados del quaternion esperaban sentados sobre sus propios saga la muerte del reo. El sorteo de las pertenencias del ajusticiado era un derecho consuetudinario del pelotón de ejecución. Sólo los ciudadanos romanos podían vestir la toga.
El subligaculum. Un detalle menor pero de cierto interés iconográfico: bajo la túnica, los soldados llevaban un taparrabos de lino. Algunos estudiosos han sugerido que el perizoma con que se representa tradicionalmente a Cristo en la cruz pudo ser el subligaculum de uno de los soldados, cedido al condenado o simplemente parte del protocolo de ejecución.
3.4. El quaternion: estructura del pelotón de ejecución
El piquete que escoltó a Jesús desde el Pretorio hasta el Gólgota era un quaternion: un grupo de cuatro soldados de infantería, comandados por un oficial. Juan 19:23 confirma este número al mencionar que los soldados dividieron las vestiduras de Jesús en cuatro partes, «una para cada soldado».
La ejecución se realizaba deliberadamente junto a una vía principal, a las afueras de la ciudad, como advertencia pública. A pesar de su reducido tamaño, el pelotón era suficiente para disuadir cualquier intento de rescate, dado el terror que inspiraba la autoridad romana. Su misión era custodiar el lugar hasta la muerte del reo, proceso que podía prolongarse durante días.
3.5. El centurión al pie de la cruz
El oficial que comandaba el quaternion —el «Longinos» de la tradición posterior— era un centurio cohortis, un centurión de cohorte auxiliar. No debe imaginarse como un aristócrata: se trataba de un militar de carrera, probablemente ascendido desde la tropa tras años de servicio.
La exclamación que los evangelios sinópticos ponen en boca de este centurión —«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15:39) o «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23:47)— resulta especialmente significativa en el contexto que hemos descrito. Un oficial de las tropas sebastenas, miembro de un pueblo hostil a los judíos, reconoce la inocencia o la divinidad del condenado. Los evangelistas eligieron deliberadamente a un representante de los verdugos como primer confesor tras la muerte de Jesús.
En este contexto, el centurión es la figura de la Ley y el Orden (estático, dirigiendo, con la vara de vid), mientras que los soldados son la Fuerza Bruta (cargando las herramientas, clavando, repartiéndose la ropa).
Las diferencias entre el centurión (funcionando como Centurio Supplicio Praepositus para la ocasión, el encargado de la ejecución) y los milites (soldados rasos de la cohorte auxiliar) eran drásticas y funcionales, diseñadas para que el oficial fuera reconocible instantáneamente en el caos de la batalla o en una revuelta urbana.
La posición de la espada es la diferencia más mecánica y notable. El centurión nunca usaba escudo y por eso llevaba el gladius en el lado izquierdo, que es su posición natural. Los soldados llevaban el gladius en el costado derecho (dextra) porque lleva el escudo en la mano izquierda. Si llevara la espada a la izquierda, al desenvainar («cruzar el brazo»), chocaría contra su propio escudo o el del compañero de fila. Deben desenvainar con la mano derecha desde la cadera derecha, en un movimiento de inversión de muñeca o extracción directa.
El casco tenía una cresta (crista) que, visualmente, era el elemento identificador principal en medio de la masa. Los cascos de los soldados solían ir «desnudos» durante el servicio de guardia. Si llevaban cresta (para gala o batalla campal), esta era longitudinal (de la frente a la nuca). El centurión llevaba una Crista Transversa (crestón de crin de caballo o plumas dispuesto de oreja a oreja, transversalmente). Eso permitía a los soldados ver hacia dónde miraba su oficial y seguir su alineación desde atrás en la formación. El casco del centurión solía ser plateado o estañado para brillar más que el bronce de la tropa.
El centurión llevaba grebas (Ocreae), una protección de bronce o latón en las espinillas, a menudo decoradas con repujados, pero los soldados generalmente no llevaban grebas en esta época, o a lo sumo una sola en la pierna izquierda (la que se adelanta al combatir con escudo).
Simbólicamente, las grebas evocaban la tradición hoplítica griega y denotaban un estatus superior.
Los soldados llevaban una Lorica Hamata (cota de malla) simple. Ni ellos ni el centurión llevaban la Lorica Musculata (peto anatómico de cuero o metal), ya que era más ceremonial o de altos oficiales (tribunos/legados).
El centurión de ese pequeño grupo probablemente vestía también Lorica Hamata o Lorica Squamata (de escamas), pero de mejor factura. La escamata ofrecía mejor protección contra flechas porque las escamas se superponen hacia abajo, lo que la hacía popular en Oriente, donde los partos eran una amenaza constante.
Sobre la armadura, el centurión portaba un arnés de cuero cruzado al pecho con discos de metal (phalerae) y torques (collares). No eran decoraciones aleatorias, eran su currículum militar: medallas ganadas en campañas previas. En una misión pública como la crucifixión de un «Rey», es probable que vistiera sus condecoraciones para proyectar la Auctoritas de Roma.
Mientras los soldados llevaban sus manos ocupadas con lanza (hasta) y escudo, el centurión portaba en su mano derecha la Vitis (una vara de madera de vid, nudosa y resistente, de aprox. un metro). No era un bastón de caminar, sino una herramienta de disciplina para golpear a los legionarios o auxiliares que rompían la formación o desobedecían. Representaba el derecho romano a infligir castigo físico a ciudadanos y súbditos. Durante el Vía Crucis, el centurión usaría la vitis para dirigir a la tropa o apartar a la multitud, no una lanza.
Aunque las fuentes evangélicas no lo especifican, es posible que al menos uno de los soldados del quaternion fuera un speculator. Los speculatores eran soldados especializados que actuaban como escoltas de alto rango, mensajeros y, en provincias, también como verdugos. No existía en Roma un cuerpo civil de ejecutores: estas tareas recaían en militares.
El evangelio de Juan (19:34) menciona que un soldado atravesó el costado de Jesús con una lanza (lancea en la Vulgata, λόγχη en griego). Esta no sería el pilum legionario, sino una jabalina auxiliar más ligera, apta para un golpe a corta distancia. El gesto —comprobar si el reo había muerto antes de proceder al crurifragium (rotura de piernas)— formaba parte del protocolo estándar de las ejecuciones.
Los hallazgos arqueológicos, como el célebre clavo encontrado en el osario de Yehohanan ben Hagkol en Giv'at ha-Mivtar (Jerusalén, siglo I d.C.), indican que los clavos de crucifixión medían aproximadamente 11-13 cm y tenían cabeza cuadrada. Estudios anatómicos posteriores han demostrado que los clavos se insertaban en la muñeca.
4. Conclusiones
Los grandes maestros del Renacimiento y el Barroco pintaron a los soldados de la Pasión con las armaduras de su propio tiempo: petos acanalados, morriones con plumas, alabardas de guardia palatina. Caravaggio, Rubens, Velázquez —genios indiscutibles— cometieron anacronismos que hoy nos resultan evidentes. No podemos reprochárselo porque carecían de los instrumentos de la arqueología moderna y del acceso a las fuentes que hoy manejamos. Pero precisamente por eso, quienes hoy representamos o divulgamos la historia de la Pasión no podemos permitirnos el mismo error. Disponemos de hallazgos arqueológicos datados con precisión, de estudios tipológicos del armamento romano, del testimonio de Flavio Josefo sobre la composición étnica de las tropas de Judea. Sabemos que los soldados del Gólgota no eran los legionarios acorazados del imaginario popular, sino auxiliares sebastenos con cotas de malla y escudos ovalados. En un tiempo que reclama rigor en la divulgación histórica, tenemos la responsabilidad de ofrecer a nuestro público —ya sea académico, devoto o simplemente curioso— una imagen que honre tanto la verdad histórica como la dignidad del relato.
A lo largo de su vida, Jesús de Nazaret encontró diferentes tipos de soldados romanos, cada uno con su equipamiento distintivo y su contexto particular.
En Galilea y en las rutas del norte, pudo ver a verdaderos legionarios de las vexillationes sirias: soldados equipados con el scutum rectangular, armados con el pilum y el gladius tipo Maguncia, protegidos por cotas de malla o, en algunos casos excepcionales, por las primeras armaduras segmentadas. Entre ellos había oficiales como el centurión de Cafarnaúm, capaces de admirar la cultura judía y financiar sinagogas.
En Jerusalén, sin embargo, los soldados eran de otra naturaleza. No correspondían a la imagen del legionario romano que domina el imaginario popular. Eran tropas auxiliares de infantería media, protegidas por cotas de malla, con escudos ovalados y cascos de bronce sencillos, reclutadas entre los enemigos tradicionales de los judíos: los samaritanos de Sebaste y los sirios de Cesarea.
Esta realidad histórica tiene implicaciones importantes para la interpretación de los relatos evangélicos. El ensañamiento durante la flagelación y la coronación de espinas, las burlas en el Pretorio, la actitud de los soldados al pie de la cruz: todos estos episodios adquieren una dimensión adicional cuando se comprende que los ejecutores no eran funcionarios impersonales de un imperio lejano, sino hombres con agravios étnicos y religiosos específicos contra la nación judía.
Para cualquier representación visual que aspire al rigor histórico —ya sea artística, cinematográfica o procesional—, esta investigación sugiere diferenciar claramente entre el legionario del norte y el auxiliar de Jerusalén. Los soldados de la Pasión no eran «tanques» acorazados en metal brillante, sino hombres de aspecto más austero, cuyo equipamiento refleja la realidad de las tropas auxiliares del Levante romano en la tercera década del siglo I. Pero su modestia material no debe ocultar la intensidad de su animosidad: para ellos, crucificar al «rey de los judíos» no era solo cumplir órdenes, sino ejercer una venganza ancestral.
Bibliografía
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