El baño ritual donde las mujeres de Sefarad renacían
I. UN DESCUBRIMIENTO ÍNTIMO
Hay lugares que guardan secretos a la vista de todos. En el número 16-18 de la calle Santa María la Blanca, en pleno corazón de lo que fue la judería medieval de Sevilla, un restaurante esconde en su sótano uno de los testimonios más íntimos de la vida sefardí: un mikve, un baño ritual judío que durante más de un siglo sirvió a la segunda comunidad hebrea más importante de la Península Ibérica, solo por detrás de Toledo.
El contraste es dramático. Donde hoy los comensales disfrutan de su almuerzo, hace setecientos años una mujer sevillana descendía desnuda por unos escalones de piedra, en la penumbra de una bóveda, para sumergirse en aguas que —según la tradición— la devolverían «pura» a los brazos de su marido. No era un baño higiénico: era un renacimiento.
Frente a esta estructura se alzaba la sinagoga mayor de la aljama, hoy transformada en la iglesia de Santa María la Blanca. La proximidad no es casual: según la ley judía, el baño ritual debía estar cerca del lugar de culto. Lo que encontramos bajo el restaurante conserva aún las características arquitectónicas de un hammam —baños árabes—, lo que plantea una pregunta fascinante: ¿construyeron los judíos sevillanos su mikve desde cero, o adaptaron una estructura islámica preexistente a sus estrictos requisitos religiosos?
Este artículo reconstruye la historia de este espacio olvidado, explica el complejo sistema de prescripciones que regía su uso, y plantea las preguntas que aún esperan respuesta sobre uno de los testimonios más valiosos —y menos conocidos— del patrimonio sefardí andaluz.

II. ¿QUÉ ES UN MIKVE? EL CUERPO Y LO SAGRADO
La reunión de las aguas
El término mikve (מקווה) proviene de la raíz hebrea q-w-h, que significa «reunir» o «recoger». La palabra aparece por primera vez en el relato de la Creación, cuando Dios ordena: «Júntense las aguas debajo del cielo en un solo lugar» (Génesis 1:9). No es una etimología casual: el mikve es, literalmente, una «reunión de aguas», un lugar donde el elemento primordial de la vida se acumula para devolver al ser humano a un estado de pureza original.
Pero cuidado con los malentendidos. La «pureza» (tahará) que confiere el mikve no tiene nada que ver con la limpieza física. De hecho, la ley judía exige que quien se sumerja esté ya físicamente limpio antes de entrar al agua. La pureza ritual es un concepto teológico: designa un estado espiritual que permite participar en lo sagrado, tocar objetos consagrados o, en el caso más íntimo, reanudar la vida conyugal.
Antes que la sinagoga
Según la Halajá —el corpus de la ley religiosa judía—, una comunidad debe construir un mikve antes que la propia sinagoga. Incluso se permite vender rollos de la Torá, el objeto más sagrado del judaísmo, para financiar su construcción. Esta prioridad absoluta revela hasta qué punto la purificación ritual era considerada el fundamento de la vida comunitaria.
Para los arqueólogos modernos, este dato tiene una consecuencia práctica extraordinaria: la presencia de un mikve es el marcador más fiable para identificar un asentamiento judío. Más que las sinagogas, más que las necrópolis, más que cualquier inscripción, es el baño ritual el que permite afirmar con certeza: «Aquí vivieron judíos».
¿Quién usaba el mikve y cuándo?
Los usos del mikve abarcaban múltiples dimensiones de la vida judía, aunque con diferencias según el género y las circunstancias:
- Las mujeres tenían la obligación más estricta. Debían sumergirse después de cada ciclo menstrual —específicamente, siete días después de que cesara el sangrado—, antes del matrimonio, y tras el parto. Estos momentos marcaban transiciones fundamentales en su vida reproductiva y familiar. Sin la inmersión, la reanudación de las relaciones conyugales estaba prohibida.
- Los hombres acudían con menor frecuencia obligatoria, pero la costumbre establecía inmersiones antes del Shabat (especialmente el viernes por la tarde, ya que a la puesta de sol empieza el sábado judío), antes de las grandes festividades como Yom Kipur, y para los más piadosos, cada mañana antes de la oración. Los escribas que copiaban textos sagrados debían purificarse antes de escribir el nombre divino.
- Los conversos (guerim) de ambos sexos completaban su ingreso al judaísmo mediante la inmersión ritual, que simbolizaba un renacimiento espiritual, el paso de una identidad a otra.
Además, el mikve servía para purificar utensilios de cocina nuevos antes de su primer uso, y el concepto de tahará es también central en los ritos funerarios: el lavado ritual del difunto antes del entierro.

III. LA ARQUITECTURA DE LA PUREZA: PRESCRIPCIONES TÉCNICAS
La construcción de un mikve no era una simple obra de fontanería. Cada detalle arquitectónico respondía a prescripciones minuciosas contenidas en el tratado Mikvaot de la Mishná y desarrolladas en el Talmud y el Shulján Aruj. El más mínimo error técnico podía invalidar toda la estructura.
El agua: entre el cielo y la intervención humana
La distinción fundamental de la ley judía es entre mayim jayim («agua viva») y mayim sheuvim («agua extraída»). El agua viva —manantiales, ríos alimentados por fuentes naturales, el mar— tiene el poder de purificar incluso mientras fluye. Es agua «de manos del Cielo», sin intervención humana.
El agua extraída, en cambio, es aquella que ha sido transportada por el hombre mediante recipientes: cubos, cántaros, tuberías. Esta agua pierde su capacidad purificadora. Y aquí está el problema técnico que los constructores de mikvaot debían resolver: ¿cómo llenar una piscina sin «contaminarla» con intervención humana?
El agua de lluvia ocupa una categoría intermedia. Es válida porque cae directamente del cielo, pero a diferencia del agua de manantial, solo purifica cuando está estancada (eshboren), no fluyendo. Esta diferencia sutil tiene consecuencias arquitectónicas enormes: el mikve debía retener el agua, no dejarla correr.
Volumen y dimensiones: los 40 seah
La ley prescribe un volumen mínimo de 40 seah de agua natural. La conversión de esta medida bíblica al sistema métrico ha sido objeto de debate rabínico durante siglos:
- Según el cálculo más extendido: aproximadamente 575-762 litros.
- Las opiniones más estrictas (como la del Jazón Ish) elevan la cifra hasta 1.000 litros.
En la práctica, esto se traduce en una piscina de aproximadamente un metro cúbico con una profundidad mínima de tres codos (entre 1,20 y 1,50 metros), suficiente para que una persona pueda sumergirse completamente adoptando una postura encogida.

La ingeniería del «beso de las aguas»
Para resolver el problema de mantener el mikve lleno con agua limpia sin invalidarlo, los constructores medievales desarrollaron un sistema ingenioso conocido como hashakah («contacto» o «beso»):
Se construían dos piscinas adyacentes. Una de ellas, llamada otzar («tesoro» o «reserva»), se llenaba exclusivamente con agua de lluvia recolectada directamente de los tejados mediante canales de piedra —nunca tuberías—, y contenía los 40 seah mínimos de agua natural. La otra piscina, la de inmersión propiamente dicha, podía llenarse con agua transportada (que por sí sola sería inválida).
Ambas piscinas estaban conectadas por un orificio de al menos cinco centímetros de diámetro. Al entrar en contacto —«besarse»— las aguas de ambas piscinas, el agua «inválida» adquiría instantáneamente el estatus de pureza del agua natural del otzar.
Elementos arquitectónicos característicos
Las excavaciones de mikvaot medievales en toda Europa revelan elementos constructivos recurrentes:
- Escaleras anchas: A diferencia de las cisternas o las bañeras romanas, el mikve exige escalones que ocupen todo el ancho de la piscina, permitiendo descender caminando hasta el fondo.
- Tabiques divisorios: En algunos mikvaot, las escaleras se dividían con un pequeño muro para separar a quien bajaba impuro de quien subía purificado.
- Bóveda: Para preservar la intimidad absoluta del ritual, muchos mikvaot se cubrían con bóvedas de piedra.
- Enlucido hidráulico: Las paredes y el fondo se revestían con una argamasa impermeable. Si el mikve tenía fugas y el agua descendía por debajo de los 40 seah, quedaba invalidado.
- Ausencia de desagüe: A diferencia de los baños higiénicos, el mikve no tenía desagüe en el fondo.
IV. EL RITUAL: CUERPO DESNUDO, ALMA NUEVA

Imaginemos a una mujer de la judería sevillana en un viernes de 1350. Han pasado siete días desde el fin de su menstruación. Esta noche podrá reunirse con su marido, pero antes debe completar el ritual de purificación.
La preparación: eliminar toda barrera
El día de la inmersión comienza mucho antes de llegar al mikve. El cuerpo debe estar libre de cualquier barrera (jatzitzá) que impida el contacto directo del agua con la piel. La mujer se baña, se corta las uñas, se peina cuidadosamente y se quita todas las joyas. Nada puede interponerse entre el cuerpo desnudo y el agua.
La inmersión
Completamente desnuda, la mujer desciende los escalones. El agua está fría. Se sumerge completamente: todo el cuerpo bajo el agua al mismo tiempo. En ese instante de inmersión total, experimenta un «renacimiento». El agua de lluvia que la envuelve es la misma que existía antes de la Creación.
La bendición
De pie en el agua, recita: «Baruj atá Adonai, Eloheinu mélej haolam, asher kidshanu bemitzvotav vetzivanu al hatevilá» («Bendito seas, Señor, Dios nuestro, Rey del universo, que nos santificaste con tus mandamientos y nos ordenaste la inmersión»).
Tras la bendición, se sumerge dos veces más. Finalmente, asciende los escalones. Esta noche, el marido debe recibirla con cariño y dedicación especiales.
El significado profundo: la sacralidad femenina
A diferencia de otras tradiciones, en el mikve toda la sacralidad depende de la mujer. Es ella quien consagra la relación y santifica la vida familiar. La mujer no es receptora pasiva de santidad: es su generadora.
V. LA JUDERÍA DE SEVILLA Y SU MIKVE: CRONOLOGÍA

1248-1252: La fundación. Tras la conquista de Fernando III, Alfonso X asigna a los judíos un barrio propio y tres mezquitas para convertirlas en sinagogas. Es en este momento cuando debió construirse —o adaptarse— el mikve frente a la sinagoga mayor.
Siglos XIII-XIV: El esplendor. La judería sevillana se convierte en la segunda más importante de Sefarad. La comunidad alcanza los 5.000 habitantes. En 1356, un terremoto daña la sinagoga mayor, que es reconstruida (hoy Santa María la Blanca).
6 de junio de 1391: La destrucción. El asalto a la judería, instigado por Ferrand Martínez, resulta en la muerte o conversión forzosa de miles de judíos. La judería queda «prácticamente desierta» y las sinagogas se convierten en iglesias. Probablemente el mikve dejó de usarse como baño ritual en este momento.
1391-1492: Los conversos. El barrio pasa a ser habitado por conversos y cristianos viejos. En 1492 se decreta la expulsión definitiva, pero en Sevilla la comunidad ya había desaparecido.
Siglos posteriores: El olvido. La estructura se integra en el tejido urbano, pasando por diversos usos hasta convertirse en almacén de un restaurante en el siglo XX.
VI. EL MIKVE DE SEVILLA HOY: LO QUE SABEMOS Y LO QUE IGNORAMOS
El mikve se encuentra en el sótano de la calle Santa María la Blanca, 16-18, exactamente frente a la antigua sinagoga mayor. Las fuentes describen características de un hammam, sugiriendo una posible reutilización de baños árabes.
Preguntas abiertas
La identificación plantea interrogantes que solo una excavación arqueológica podría resolver: ¿Es un mikve original o un hammam adaptado? ¿Existe un sistema de otzar? ¿Cómo captaban el agua? ¿Tiene protección patrimonial?
Comparativa con otros mikvaot hispanos
| MIKVE | DATACIÓN | ESTADO | CARACTERÍSTICAS |
|---|---|---|---|
| Besalú (Girona) | Siglo XII | Musealizado | Estilo románico, alimentado por manantial |
| Úbeda (Jaén) | Siglo XIII | Musealizado | 7 escalones, agua de manantial natural |
| Córdoba | Siglo XIV | En restauración | Anexo a la sinagoga, descubierto en 2008 |
| Girona | Siglo XV | Musealizado | Presentado públicamente en 2014 |
| Sevilla | ¿Siglo XIII-XIV? | Visitable (privado) | Sin estudiar arqueológicamente |
VII. REFLEXIÓN FINAL: MEMORIA Y OLVIDO
Hay una paradoja en cómo Sevilla trata su patrimonio judío. Mientras promociona su pasado de «convivencia», el testimonio más íntimo de la vida judía permanece invisible. A diferencia de Besalú o Úbeda, Sevilla no tiene un mikve musealizado.

El mikve de Sevilla merece, análisis y, sobre todo, ser recordado. Porque en ese sótano oscuro había un mundo: el mundo de las mujeres de Sefarad que descendían desnudas para emerger purificadas. Y cada inmersión era un pequeño renacimiento.
RECURSOS PARA PROFUNDIZAR
- Tratado Mikvaot de la Mishná
- Adler, Y., The Archaeology of Purity (2022)
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