La Casa del Pumarejo es un destacado ejemplo de la arquitectura civil de la Sevilla del siglo XVIII y un símbolo del patrimonio histórico y social de la ciudad. Este edificio combina valor arquitectónico y cultural, ya que es uno de los mejores ejemplos de arquitectura doméstica señorial del siglo XVIII en Sevilla.
En un lugar que fue una necrópolis altoimperial, pero aprovechado siglos más tarde para construir viviendas, decidió edificar en 1766 Pedro Pumarejo, un acaudalado mercader de productos de las Indias y veinticuatro de Sevilla, quien adquirió terrenos y demolió más de 70 casas para crear la plaza que hoy lleva su nombre y conseguir que se viese bien la fachada de su casa, como ya se había hecho en algunos lugares de la ciudad, como frente a la Casa de Pilatos.
En esa plaza estaba la fuente de mármol, del s. XVI, que anteriormente estuvo en la plaza del Duque de la Victoria y ahora en la fuente de Catalina de Ribera, en los Jardines de Murillo.
El edificio ocupa tres cuartas partes de una manzana, con aproximadamente 1.890 metros cuadrados de superficie. Pedro Pumarejo encargó los trabajos a Francisco Sánchez Aragón.
Su finalidad original era servir como casa-palacio, una residencia para familias acomodadas de la época. El lugar fue elegido por su proximidad a las principales arterias comerciales de la ciudad y por su ubicación estratégica en una zona en pleno auge económico.
Es un ejemplo representativo de la arquitectura barroca sevillana, adaptada a las necesidades de una casa-palacio urbana. Aunque el edificio ha sufrido múltiples reformas y deterioros, conserva elementos fundamentales de su diseño original. Sus precedentes arquitectónicos son el Palacio Bucareli, de 1699, y el palacio de Villapanés, de 1726.
La fachada es austera y simétrica con balcones enmarcados por molduras sencillas y rejería artística del siglo XVIII. La puerta principal de piedra, monumental y con mayor ornamentación, es un ejemplo de portón barroco, diseñado para impresionar y marcar el estatus del edificio.
La fachada principal tiene una portada con balcón esquinado, arco rebajado, y decoración mixtilínea, flanqueada por semicolumnas. En la esquina, un balcón angular exhibe el escudo familiar.
Una puerta de forja permite el paso de la luz y de la vista sin olvidar la seguridad. Es una pieza característica que separa el zaguán del patio interior. La forja es sencilla pero funcional, con un diseño radial en la parte superior que indica la fecha de 1883, años de una de las reformas.
La casa tiene planta rectangular. Dispone de dos patios porticados: el "patio noble", con columnas de caoba cubanas y zócalos de azulejos, y el "patio de servicio", más sencillo.
Las estancias se articulan alrededor del gran patio central porticado. Ese patio principal es el elemento más destacado sostenidas por columnas toscanas y cubierto con arcos de medio punto. Este patio combina funcionalidad y estética, siendo el eje vertebrador de la casa.
Tiene dos pisos. La planta baja estaba destinada a servicios y funciones domésticas, mientras que la superior albergaba las habitaciones principales.
La escalera principal tenía pasamanos de caoba. Es de tipo imperial, característica de los palacios barrocos, y está cubierta por una bóveda decorada. Conserva los peldaños originales de mármol y presenta decoración en yesería típica del barroco tardío.
La planta superior tiene por el exterior balcones con barandillas de hierro forjado. Las ventanas superiores del patio principal de la Casa del Pumarejo siguen el estilo característico del barroco sevillano del siglo XVIII. Aunque hay cierta variación debido a las reformas a lo largo del tiempo, en su diseño predominan los arcos de medio punto, típicos de la época barroca. Estos arcos no solo cumplen una función decorativa, sino que también ayudan a mantener la ligereza visual del segundo nivel, armonizando con el diseño general del patio.
Las ventanas están enmarcadas por sencillas molduras de yeso o cerámica decorativa, en algunos casos con detalles en tonos blanco y albero que destacan sobre las paredes encaladas.
Algunas de las ventanas superiores incluyen balconcillos angostos que estuvieron protegidos con barandillas de hierro. Estos balcones sobresalen ligeramente, permitiendo a los habitantes del segundo nivel mirar hacia el patio.
Los materiales predominantes son el ladrillo visto, la cal y elementos decorativos en hierro forjado, como rejas y balcones. El diseño arquitectónico combina sobriedad y funcionalidad, características comunes en la arquitectura sevillana del siglo XVIII.
A lo largo de los siglos, el edificio tuvo diversos usos: desde residencia nobiliaria hasta colegio para niños huérfanos, conocidos Niños Toribios, cuartel, cárcel, fábrica de tejidos de seda, hospicio durante la Guerra de la Independencia, e incluso prisión bajo ocupación francesa, donde se dio una huida épica.
En 1883, se convirtió en una casa de vecinos, albergando viviendas en la planta alta y talleres/comercios en la baja, manteniendo su estructura original en gran medida. La casa perdió su carácter señorial, lo que reflejaba la progresiva degradación de muchas antiguas casas-palacio sevillanas, que fueron subdivididas en viviendas más pequeñas para albergar a la población obrera que se asentó en el casco antiguo de la ciudad. Durante más de un siglo, la Casa del Pumarejo fue el hogar de familias obreras y un microcosmos social, donde la convivencia y la solidaridad marcaron el día a día. La plaza frente al palacio se convirtió en un importante mercado popular.
En el año 2000, una empresa hotelera intentó expulsar a los últimos 12 inquilinos y 10 comerciantes para construir un hotel de lujo. Esto desencadenó un movimiento vecinal que logró frenar el proyecto y conseguir la declaración BIC en 2003, , lo que garantizó su protección legal. La Casa del Pumarejo comenzó a ser reconocida como un símbolo de resistencia, dado que sus habitantes lucharon durante décadas para evitar su abandono y demolición. Este activismo social ha sido clave para su conservación.
La Casa del Pumarejo destaca como un testimonio vivo de la evolución urbana de Sevilla, desde el esplendor barroco hasta la vida obrera del siglo XX. Representa la evolución de la arquitectura palacial sevillana hacia nuevos usos sociales, manteniendo sus valores arquitectónicos originales mientras se adaptaba a las necesidades cambiantes de la sociedad. Su arquitectura, combinada con su papel como símbolo de resistencia vecinal, le otorgan un valor excepcional en el patrimonio histórico y social de la ciudad.
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