La historia olvidada de la batalla del puente de Triana comenzó con el bando del día 6 de junio de 1808 en el que Sevilla pronunciaba la “Declaración de Guerra al Emperador de Francia, Napoleón I”.

Andalucía era entonces la región más rica y poblada de la Península, por lo que era seguro que los invasores llegarían. Además, Sevilla era la ciudad con mayor fabricación militar por la fábrica de artillería, la fábrica de fusiles y la fábrica de pólvora.

A Sevilla se trasladó la Junta Central el 16 de diciembre de 1808 por lo que la ciudad se convirtió en la capital de la España no ocupada y en ella residieron la mayor parte de las instituciones de la nación.

Los sevillanos del momento tenían la conciencia de ser casi el único reducto libre de las tropas napoleónicas en toda Europa.

En ese mismo 1808 se reparó el castillo de la puerta de Triana por su carácter estratégico en la contienda.

En febrero de 1809 trabajaban 4000 personas diarias en las obras de preparación de la defensa de la ciudad.

En aquel tiempo no imaginaban que la única batalla que se daría en Sevilla sería la de su liberación en 1812.

La ciudad se entregó el 1 de febrero de 1810 tras un acuerdo de capitulaciones que las autoridades francesas nunca cumplieron.

Tuvieron que esperar más de dos años para la liberación.

Ante el avance del ejército aliado al mando del Mariscal de Campo Juan de la Cruz Mourgeon por el Aljarafe, el grueso de las tropas francesas abandonaron Sevilla en la madrugada del 26 de agosto de 1812, encabezadas por el mariscal Soult.

El ejército español ocupó, tras algunos combates, las baterías de Tomares y el reducto de Castilleja de la Cuesta. Las guarniciones francesas de la Cartuja y Santa Brígida se rindieron al verse separadas del grueso de sus tropas. Las fuerzas francesas se concentraron en Triana y en el Arenal.

El combate comenzó a las cinco de la madrugada centrándose en la defensa del Puente de Barcas, que debía ser destruido por los franceses para facilitar la retirada de sus tropas y dificultar el avance aliado.

Las tropas imperiales cortaron parte de las sujeciones del puente de barcas con la orilla y arrancaron algunos de los tablones del suelo, pero no consiguieron desmontar las vigas que unían los barcos con la orilla porque catorce guerrilleros españoles ocuparon el punto a pesar del fuego artillero enemigo.

Llegó la vanguardia aliada con el escocés Juan Downie mandando la peculiar Legión Extremeña, un cuerpo del ejército organizado por soldados profesionales de forma privada pero reconocido de manera oficial.

Downie llevaba la espada de Francisco Pizarro, que le fue confiada por el Marqués de la Conquista, descendiente directo del conquistador del Perú.

Junto a la Plaza del Altozano, en la cabeza del puente de barcas, se trabó un combate encarnizado.

Las tropas aliadas fueron rechazadas dos veces. Downie fue herido en cada una de ellas, pero en completa soledad montó a su caballo y saltó sobre el espacio vacío que los franceses habían dejado en el suelo del puente.

Fue herido en un ojo y en la mejilla, arrojó a sus soldados la espada de Pizarro antes de ser hecho prisionero.

Las fuerzas inglesas al mando del coronel Skerret se enfrentaron a los franceses en la vega y penetraron en Triana.

Se colocó la artillería en el malecón de la actual calle Betis y el ejército imperial no pudo sostener la posición.

La batalla duró unas dos horas en las que los soldados imperiales perdieron unos 400 hombres entre muertos y prisioneros.

Los aliados atravesaron el puente por las vigas que no habían podido acabar de cortar los soldados imperiales y los vecinos repararon  el puente con tablones para que pasase el grueso del ejército aliado.

Los combates se trasladaron a las murallas y a las puertas de la ciudad. Repicaron todas las campanas de Sevilla y fue como una señal para que los ciudadanos hostigasen a los franceses en retirada, que tuvieron que huir de forma desordenada por la puerta de Carmona en dirección a Alcalá de Guadaíra.

Retuvieron a Downie como prisionero hasta que lo abandonaron a varias leguas de Sevilla.

Los soldados imperiales, al mando de Villatte, alcanzaron el mismo día al ejército francés en retirada en Marchena.

La batalla del puente de Triana fue representada en una pintura de William Heath titulada “Battle of Seville”, grabada en cobre al aguatinta y que formaría parte del libro "Battle scenes from the Napoleonic Wars. 1806-1813", publicado en Londres en 1815 por J. Jenkins.

En ella aparecen las tropas británicas avanzando entre la humareda del combate desde un alto hacia una ciudad situada en una llanura al fondo de la imagen y en la que sobresale una torre que simboliza la Giralda, pero parece más la acción de Skerret que la batalla por el puente, que fue la acción decisiva.

Antes de la batalla y también durante ella, en Sevilla hubo muchos héroes que hoy yacen en un injusto olvido.

Se reconoció el valor de John Downie tanto en su país como en España, y en 1816 fue recompensado con el puesto de Teniente de Alcaide del Alcázar de Sevilla, con residencia en el Patio de Banderas del palacio.

John Byrne Skerret fue ascendido a comandante de brigada y se le dedicó un monumento en el transepto norte de la Catedral de San Pablo de Londres.

El mariscal sevillano que liberó su ciudad, Juan de la Cruz Mourgeon fue condecorado con las órdenes de San Fernando y San Hermenegildo y se le nombró capitán general de Nueva Granada.

¿Qué ocurrió con los héroes anónimos que pelearon en la contienda, tanto con armas como sin ellas?

En aquel tiempo, siendo conscientes de la importancia de la batalla, el 26 de noviembre de 1812 el Ayuntamiento acordó colocar una lápida en el Puente de Barcas que conmemorase la batalla, pero en 1818 aún no se había hecho porque los pilares tenían una sección ochavada y no había suficiente espacio para colocar una lápida.

Poco a poco, la batalla cayó en el olvido.

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