Las necesidades más importantes de una legión romana junto con la moneda para la paga de los soldados eran, por supuesto, las alimenticias. Las legiones romanas en tiempos de paz gozaban de una dieta rica y variada, cuya base era el trigo pero que complementaban con aceite de oliva, lardo, vino y vinagre (acetum), así como carne, sal y pienso y forraje para las bestias de la legión.

Además de los alimentos, la legión tenía toda una serie de necesidades de materia prima para la elaboración y reparación de sus elementos de equipo. En este sentido desempeñaban un papel muy importante los metales, entre los que habría que destacar el hierro, el cobre, el plomo y el estaño. Un producto esencial que no podemos dejar de mencionar era el cuero, a partir del cual se elaboraban las tiendas de campaña, el calzado o las fundas de escudo. Asimismo, otros elementos básicos eran los tejidos y las prendas de vestir y de abrigo ya elaboradas, así como las piezas cerámicas necesarias para la vida diaria de la guarnición.

Habría que mencionar finalmente los materiales de construcción, esenciales para el mantenimiento y mejora de las instalaciones militares en las que se acantonaban los soldados; en este sentido, cabría destacar el empleo de piedra, ladrillos, tegulae así como la producción de cal y mortero. Por último, tampoco podemos olvidarnos de la madera, empleada como material de construcción y como combustible.

Todas estas necesidades logísticas se cubrían en la medida de lo posible desde las fuentes de abastecimiento más cercanas a las unidades; sin embargo, con algunos productos esto no era posible, por lo que había que recurrir a aquellas zonas de las que si era factible obtener dichos aprovisionamientos. Es en este punto donde entraría la Bética, una provincia bastante alejada del punto de destino al que vamos a hacer referencia, ambas Germanias, pero con unas comunicaciones relativamente buenas, tanto por la ruta atlántica exterior, como por el interior del Imperio a través del Mediterráneo y el Ródano-Saona, para alcanzar las regiones renanas.

La ruta atlántica tendría su inicio en los puertos béticos de Híspalis y Gades y continuaría por las ostas portuguesas, con un puerto clave en Olisipo, cuyas relaciones con Gades están plenamente atestiguadas, A continuación, la ruta seguiría hacia el Norte hasta llegar a las costas gallegas, donde el puerto de Brigantium alcanza un importante desarrollo (muestra del cual sería la erección del faro de La Coruña en el siglo II d.C.). La ruta continuaba bien hasta las costas cantábricas o bien a través de mar abierto hasta Armórica; la isla de Britania también podía alcanzarse mediante esta navegación por mar abierto desde Galicia. Desde Armórica, la ruta continuaría mediante navegación costera a lo largo del litoral del Norte a la Galia hasta la desembocadura del Rin. Parece que, al menos en relación con la Germania Inferior, esta ruta entra en recesión a mediados del s. III d.C., momentos en los que a causa de una transgresión marina (Transgresion Dunquerquiana) las desembocaduras del Mosa, el Waal, el Rin y el Escalda se inundaron y se abandonó la región.

Por lo que respecta a la ruta interior, se navegaba desde la Bética costeando todo el Levante peninsular y la Provenza hasta la desembocadura del Ródano. A partir de aquí pueden distinguirse tres variantes en la ruta que enlazaba el Sur de la Galia con el valle del Rin, si bien todas ellas comenzaban con la remonta del Ródano hasta Lugdunum. Esta ciudad se estableció como un punto esencial de enlace entre Italia/Mediterráneo y las legiones acantonadas en las provincias de Germania, como muestran la guarnición militar, los grandes almacenes portuarios atestiguados, los restos de ánforas, así como toda una seria de sellos de plomo con los nombres de las legiones de Germania hallados durante el siglo XIX, o las fuertes corporaciones de bateleros de la zona con base en la capital de las Tres Galias.

La primera de las variantes una vez superada Lugdumun era la que seguía Ródano arriba (rio navegable solo hasta Seyssel), enlazaba con Ginebra, y atravesaba el lago Leman hasta llegar a Lausana. Desde allí, mediante el porteo las mercancías ganaban Yverdon, descendían al lago de Neuchatel y luego al de Bienne, hasta alcanzar el Aar y, a través de este, llegaba al Alto Rin. En la segunda de las variantes las mercancías abandonaban el Ródano en Lyon para continuar hacia el Norte por el Saona, llegar al Doubs y, por Belfort, alcanzar el Rin Alsaciano tras un pequeño viaje por tierra. Sin embargo, la ruta preferente es la que vamos a considerar como tercera variante. Partiendo de nuevo de Lugdunum, esta ruta seguía el curso del Saona para, tras una breve ruptura de carga por tierra, llegar al Mosela, que se remontaba hasta su desembocadura en el Rin.

A través de estas rutas se llevaban desde la Bética toda una serie de productos hacia la frontera NO, para cubrir las necesidades de las tropas allí acantonadas; de este modo, desde época de Augusto, la Bética se erigió como una de las bases logísticas esenciales para el abastecimiento de los soldados de esta frontera del Imperio. Entre estos productos, los más importantes eran el aceite, las salsas de pescado y las salazones, así como cierta cantidad de metales.

Comenzaremos por el aceite. Gracias a los trabajos de G, Chic, C. Carreras, J. Remesal y M. Ponsich, sabemos que la Bética fue durante todo el periodo altoimperial el principal suministrador de aceite a las áreas de la frontera noroccidental del Imperio, desde el Alto Rin hasta el Norte de Britania.

Según un papiro de fines del s.III-comienzos del siglo IV, cada soldado recibía una ración de 48 librae de aceite anuales, lo que suponía cuatro libras de aceite mensuales. Para una legión completa de unos 5.000 hombres la cantidad de aceite ascendería a un total de 20.000 libras al mes o bien 240.000 libras al año. Si cada ánfora de tipo Dressel 20 era capaz de contener 210 libras de aceite (70 kg) harían falta 1.143 ánforas por año para cubrir las necesidades de una legión, lo que convertido en kilogramos nos daría un total de 80.000 por legión/año.

Como hemos mencionado más arriba, era la provincia de Hispania Ulterior Baetica el territorio básico para el abastecimiento de este producto a las legiones de Germania durante los dos primeros siglos del Imperio. Según J.M. Blázquez, parece que la exportación de aceite de oliva bético a Germania alcanzo su punto máximo en el periodo antonino, en concreto entre 141 y 161, decreciendo en términos absolutos en la segunda mitad del siglo II d. C. Esto puede parecer un contrasentido, pues desde comienzos del s. II D.C. la dotación de legiones en las provincias de Germania se había reducido a la mitad (de ocho a cuatro); sin embargo, hay que tener en cuenta el creciente impacto romanizador y el asentamiento de veteranos en estos territorios, que incrementarían en buena medida esa demanda de aceite procedente de las áreas mediterráneas del Imperio. El tipo de ánfora comúnmente empleada para el transporte de aceite procedente de la Bética era la Dressel 20, que presentaba una seria de registros e inscripciones (tituli picti) gracias a los cuales se ha podido obtener importante información para el conocimiento de este comercio aceitero. A partir del s. III d. C. este modelo de ánfora fue sustituido por la Dressel 23, que continuó llegando al Rin, si bien en menores cantidades, durante todo ese siglo III d.C. e incluso durante el s. IV.

La gran expansión del cultivo del olivo en la Bética tuvo lugar a partir de la época de Augusto y habría que ponerlo en relación con el gran proyecto colonizador iniciado por este emperador en la zona. Por otra parte, el olivar sería un cultivo muy apreciado por los nuevos colonos, que tenían la posibilidad de instalarse en las ciudades como rentistas; además era una inversión que exigía pocos cuidados, proporcionando un importante beneficio. Los olivares se vieron también favorecidos, a la hora de sacar su producción al mercado, por la importante red fluvial de la zona y por el propio apoyo del Estado ante una producción que era básica tanto para la propia ciudad de Roma como para los ejércitos de Germania.

Por lo que respecta a las áreas de producción, Remesal, al igual que antes M. Ponsich, es partidario de su división en sectores geográficos, con vistas a una exportación diferenciada a unos centros y otros. Así, por ejemplo, afirma que la zona de La Catria estaba especialmente vinculada al abastecimiento tanto de Roma como del ejército, con la probable existencia de un almacén regulador de esas exportaciones oficiales. Por el contrario, otros autores como G. Chic o U. Ehmig, han negado recientemente esta apreciación. Parece cierta la existencia de un riguroso control administrativo de la producción de aceite en la zona, pero la exclusividad de abastecimiento a lugares concretos por parte de los centros productores, con los datos de los que hoy disponemos, es bastante discutible. En primer lugar, el Estado, principal consumidor de la producción aceitera de la zona, estaría exclusivamente preocupado en obtener las cantidades necesarias para hacer frente a sus necesidades, sin importar demasiado de donde pudieran proceder (obviamente cuanto más grande era una explotación, mas producía y más evidencias habría dejado de esa producción en el registro arqueológico). Una vez entregada la producción, el Estado se encargaría de su distribución, sin importarle en demasía de donde procediera cada partida. Por ello, a nuestro parecer no queda en absoluto clara la existencia de esas zonas exclusivas.

En los campamentos de las legiones acantonadas en ambas provincias de Germania se han hallado sellos de alfar de procedencia bastante diversa. Las zonas de control béticas que aparecen atestiguadas en los tituli picti del Monte Testaccio (Roma) son las siguientes: Corduba (medio Guadalquivir), Astigi (Genil y parte del Guadalquivir), Híspalis (Bajo Guadalquivir), Laca (Guadalete), Ad Portum (Costa atlántica) y Malaca (Costa mediterránea).

En relación a la producción, ya hemos visto como el total anual necesario para una legión completa ascendería a 1.143 ánforas, lo que convertido en kilogramos nos daría un total de 80.000 por legión / año. Si estas cifras las multiplicamos por las ocho legiones presentes a lo largo del s. I d.C., obtendríamos un global de 640.000 kilos; estas necesidades de las tropas legionarias se reducirían a la mitad desde comienzos del s. II d.C., pues la guarnición legionaria se había reducido a cuatro, dos por provincia (VI Victrix / XXX Ulpia, I Minervia, XXII Primigenia y VIII Augusta). Tomando, como referencia los cálculos de P. Saez, el total de olivos y tierra dedicada a olivar necesarios para producir estas cantidades ascenderían a unos 96.000 y 2.740 ha (s. I d.C.) y 48.000 y 1.370 ha (s. II d.C.) respectivamente.

La intervención del estado en la producción y transporte de aceite bético era desde el s. I d.C. cada vez más clara, con un punto de inflexión importante durante el periodo Flavio. El aceite, en relación con el ejército, era un elemento estratégico y el Estado no podía permitirse el lujo de competir por su compra en el mercado libre. Se establecieron así una seria de indictiones con las que el Estado hacía frente al abastecimiento tanto de roma como de las legiones. Del encasado del aceite en ánforas tras haberse hecho cargo del producto en grandes dola se encargarían en principio los mercatores; los mercatores-diffusores parece que eran los encargados a lo largo de todo el proceso de manipulación del aceite desde su recogida y embarque hasta su entrega en el punto de destino contratado por el Estado.

Otra producción en la que la provincia de la Bética, y en concreto su zona costera, desempeño un papel esencia fueron las salazones y salsas de pescado, la más característica de las cuales era el garum. La importancia de las exportaciones béticas de este tipo de productos la proporciona el dato de que las producciones del Sur de la Península Ibérica llegaron a constituir hasta un tercio del conjunto de las ánforas importadas en los asentamientos civiles y militares de más allá de los Alpes durante el s. I d.C. Referencias a la salsa de pescado en contextos militares pueden encontrarse en la Historia Augusta, lo que dejaría bien a las claras su incorporación dentro de la dieta del soldado.

Por lo que respecta concretamente a las salazones de pescado, las procedentes de la Península Ibérica están ampliamente atestiguadas, a través de los restos de sus envases anfóricos, en las fronteras de Germania desde fines del s. I a.C. Este producto se consumía fundamentalmente en los acantonamientos militares y raramente se difundía., Las salazones de la Bética eran especialmente demandadas, como muestra la evolución de su comercialización hasta la aparición de factorías alternativas. No podemos olvidar que la costa bética estaba especialmente favorecida para esta actividad gracias a las migraciones temporales de los atunes; cada año, aprovechando las corrientes atlánticas que conducen hasta el Mediterráneo y viceversa se desarrolla un amplio movimiento de esta especie desde un mar a otro. Las pesquerías de la zona ya empleaban en la captura del atún la milenaria técnica de la almadraba. Así, en las costas de la antigua Bética, se han atestiguado arqueológicamente toda una seria de factorías de salazones sitas en Cerro del Trigo, Sanlucar de Barrameda, Cádiz, Barbate, Bolonia, Villavieja, Carteya, San Pedro de Alcántara, Torremolinos, Málaga, Torrox, Almuñécar, Mazarrón, Adra, etc.; algunas de ellas, como Baelo, Carteia, Sexi o Malaca son mencionadas también por las fuentes escritas. El periodo de mayor actividad de estos establecimientos habría que situarlo entre el s. I d.C. y el III d. C. Entre los asentamientos militares donde se han hallado evidencias de ánforas de salazones y salsas de pescado procedentes del Sur de Hispania podemos destacar Vindonissia (Windisch) y Hofheim en Germania Superior; Oberaden, Haltern y Nimega en Germania Inferior; y Augusta Vindelicum (Ausburg) y Aislingen en Recia.

En relación a las ánforas hispanas de salsa de pescado, los hallazgos fechados a partir de comienzos del s. II d. C. disminuyen de forma paulatina en las provincias septentrionales; Parker sostiene que este acusado descenso del consumo se debió a la composición étnica de las legiones, con un número cada vez menor de soldados procedentes de las áreas mediterráneas, a los que gustaba especialmente este condimento; por otra parte, los pecios hallados en el Mediterráneo parecen confirmar este descenso de exportaciones de salsas de pescado del Sur de Hispania desde comienzos del s. II d. C. Sin embargo, es precisamente durante este periodo, desde mediados del s. II d.C. en adelante, cuando las factorías de salazones de la Galia disfrutaron de su fase de mayor actividad, por lo que habría que tener también en cuenta la competencia de esos centros más cercanos a los puntos de consumo a la hora de explicarnos el paulatino descenso de las producciones procedentes del Sur Peninsular en las provincias fronterizas del NO del Imperio.

Por último, cabría hablar de la exportación de metales desde la Bética hasta las legiones acantonadas a lo largo del Rin, sobre todo durante el s. I d.C. En este sentido, tenemos atestiguado un pecio cuya carga principal era de plomo (una buena parte del mismo de propiedad imperial), que ha sido hallado muy cerca de la desembocadura del Ródano y que presumiblemente tenía como objetivo las legiones renanas tras alcanzarlas a través de la red fluvial interior de la Galia. Los materiales anforicos asociados al hallazgo parecen indicar claramente un origen bético del barco y su carga, y este habría que datarlo en la segunda mitad del s. I d.C. Así, según Domergue y Long, los noventa y nueve lingotes hallados en el pecio tendría con bastante probabilidad una procedencia betica.

Ambos autores mencionados han establecido una doble seriación de los lingotes encontrados; la primera de las seis estaría formada por ocho piezas de entre 53,5 y 55 kg, mientras que la segunda la compondrían los noventa y uno restantes, con un peso cada uno de 46,5 y 68 kg. En los lingotes de la primera serie aparece la inscripción: “[.] Flavi(i) Veruclae plumb(um) germ(anum)”; por lo que respecta al nombre solo parecen existir dos posibilidades, que se trate de un itálico que se trasladó a Hispania con la concesión para la explotación de unas minas, o bien que fuese un indígena que recibió el derecho de ciudadanía bajo Vespasiano. En relación al término “germanum” que aparece en la inscripción, Domergue y Long lo interpretan como un mensaje publicitario, que indicaría que el plomo sería de una calidad inmejorable, que sería el plomo autentico y nada más que plomo.

El sello IMP. CAES, que marca claramente la propiedad imperial, está presente en 49 de los lingotes. Parece que la segunda parte del sello, indicando el emperador, se marcaría sobre otros lingotes de la misma partida embarcados en otros navíos, pero nunca aparecerían juntos; no obstante, por paralelismos con otros hallazgos, Domergue lo identifica con Vespasiano, inclinándose también por la consideración de Verucla como un indígena. Este sello indicaría que dichos lingotes formarían parte de un stock que constituiría el montante de los impuestos a los que el explotador de una mina estatal estaba obligado para con el Estado. El hecho de que el barco se encontrara muy cerca de la desembocadura del Ródano hacia el Oeste y que se tratase de una embarcación pequeña (10 a 12 metros de eslora), nos indica que era una nave de cabotaje que se disponía a remontar el Ródano con un cargamento estatal de plomo que iría destinado muy probablemente a las legiones de ambos ejércitos germanos, que alcanzaría a través de la red fluvial gala.

Como conclusión, a partir de la serie de evidencias presentadas, puede observarse como la Bética se erigió en una importante base logística destinada a cubrir toda una serie de necesidades de las legiones acantonadas a lo largo de la frontera del Rin, sobre todo durante los dos primeros siglos del Imperio.

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